BAILE

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Antoni Arissa

Vengo aquí  a pasar el rato. Cuando hace frío me tiendo al sol y en verano tomo el fresco por la noche. No soy muy sociable, dicen. Tiendo a la introversión gatuna. No me gustan mucho mis congéneres tampoco, menos aún los de la calle, esos que no tienen un sitio al que volver. No me gustan las pendencias y ellos siempre te provocan para reñir y humillarte. Porque, claro, ellos te saben gato doméstico y no pueden dejar de sentirse superiores. A más de una conquista he tenido que renunciar por su causa. Puedes resultar bastante descalabrado. Yo no soy efusivo, pero tengo mis querencias también. Reconozco que tengo una cierta inclinación natural hacia la vagancia, comodidad y cobardía. Y no me avergüenzo de ello. Aprecio en mucho el confort y tener que andar lamiéndome las heridas me estorba el descanso y éstas escuecen terriblemente. El amor puede ser muy doloroso. Así que, si hay competencia, prefiero renunciar a los favores de cualquier hermosura bien dispuesta, no vaya a ser que luego me tenga que andar doliendo por un breve momento placer.

Mi dueña se duerme pronto. Es verano, así que deja la ventana abierta y aprovecho para escapar y subir hasta aquí. La vecina del tercero no sabe que yo la observo cuando sube con la colada, en brazos de un bailarín que tararea o silba extrañas, pero bonitas tonadas. La música siempre acaba por interrumpirse y sus sombras se confunden, unidas, tras alguna sábana. Cada dos o tres días tiene lugar el mismo ritual: primero él deposita el cesto en el suelo, luego le ayuda con las prendas y las pinzas y, al final, acaban indefectiblemente danzando entre combinaciones, calzoncillos y medias. Hasta que se hace el silencio, se apagan las voces y las risas, las sombras se funden y, tras algunos minutos, desaparecen tomadas de la mano, sin ni siquiera recoger el cesto.

Ellos no saben lo que yo sé: que el sol, al ponerse, hace que sus sombras permanezcan dibujadas en la colada, que su danza permanece impresa en las prendas empapadas y suspendidas, testigos elocuentes  de sus evoluciones entre cordones. La noche repara siempre semejante indiscreción, borrando las sombras. Salvo si hay luna llena, ya que ésta impide que se desvanezcan del todo. Es entonces cuando me siento más romántico y extrañamente valiente e intento hacerme cómplice de mi vecina: traigo aquí a la gata que me gusta – aunque me cueste una ardua lucha y resulte magullado-, maúllo para ella las tonadas aprendidas del incansable bailarín, danzamos y retozamos, dejando impresas las sombras de nuestro amor, hasta confundir y difuminar las que dejara el amor humano, antes de que el amanecer las aclare definitivamente.

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Acerca de cariacontecida

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