DISCULPAS

 

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Me van a disculpar la ausencia. A veces, la vida no nos deja ni pequeños ratitos para andar por aquí. En cuanto pueda, vuelvo a leerlos y a dejar algún post por aquí. No es abandono o desinterés, sino falta de tiempo.

Hasta pronto.

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LEDA

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Friedrich Seindenstücker

Les comparto el momento en que Leda le da esquinazo a Zeus. Como se ve, está muy indignado por el rechazo, intenta abalanzarse sobre ella. Se trata de un claro ejemplo de olímpico acoso sexual, que los mitos griegos han tergiversado para no menoscabar las legendarias habilidades seductoras de Zeus, que solía metamorfosearse para alcanzar sus objetivos. Poco seguro, quizá, de alcanzar sus conquistas bajo su real apariencia.

Se dice que Leda se disponía a tomar un baño cuando lo vio en forma de cisne, se aproximó a él y lo acarició. Pero no fue así, en realidad. Zeus resultó ser más bien un ganso – sin duda, una apariencia más en consonancia con su divina esencia- y Leda,  dándose cuenta de la impostura, salió del lago y se puso a buen recaudo, como se ve.

No se sabe nada de  posibles hijos mortales, pero se dice que en tiempos homéricos circulaba por toda la Hélade la expresión: “no ser capaz de partir un huevo”, como sinónimo de torpeza atribuida a esta incapacidad de Leda.  Realmente, no se trataba de una falta de habilidad, sino de temor supersticioso. Leda delegaba en otros esta acción siempre que se disponía a hacer una tortilla. Nada de extrañar. No fuera que, al abrirlos, se encontrara con un Cástor o un Pólux en forma de yema doble, o una Helena o Clytemnestra hechas unas pollitas.

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DANZARINA

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Alexander Grimberg

A cada salto apartaba la tristeza. Tensaba los músculos y se impulsaba: el vacío entre los pies y el mundo. Pero si la danza la precipitaba a la alegría, se impulsaba más alto e introducía su mano en la nube en donde  guardaba la melancolía. La bajaba con delicadeza, con el temor constante de que se deshiciera su trama de agua. Se envolvía en ella antes de llover. Y la tierra caliente -al absorverla- humeaba,  concediéndole unos perfiles imprecisos que se mantenían trémulos y transparentes antes de evaporarse. En acumulación de constante precipitación, se  deslizaba por las pendientes y las calles; y mojaba los cristales y las caras, las piedras y la retama, la ciudad y la hiedra, los pies y las bocas, los tejados de zinc y las torres de la catedral,  las multitudes y  los transeúntes solitarios, los pensamientos y las palabras. Mojaba las risas y dulcificaba los llantos más salobres. Limpiaba vidas enteras, mientras se filtraba por las rendijas de los corazones.

Cada vez más desnuda, su manto de nube acababa siempre por deshacerse, inexorablemente, y su cuerpo la reencontraba siempre en medio de la noche. La retomaba tras el chaparrón precipitado e intenso. Le devolvía el frío, el temblor, el estremecimiento de la madrugada. La depositaba en su cama, la arropaba en fatiga, le traía el sueño y le secaba una última lágrima danzarina.

 

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FELIZ NAVIDAD

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Jheronimus Bosch

Felices fiestas a todos los que amablemente me leéis y animáis con vuestras lecturas a seguir escribiendo. En el 2018 nos seguiremos leyendo.

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EL TEXTO

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Tennessee Williams

Otra vez el bloqueo. Le sucede a menudo. Demasiado a menudo, en los últimos meses. Poco importan los plazos del editor, no le entregará nada que él mismo no leería con gusto. Y no le gusta lo que escribe. La trama no avanza. Y los personajes… Los personajes no están bien perfilados. Ni las descripciones ni  las acciones los definen. ¿Qué hacer? Por esta noche, dejar de escribir e irse a la cama. Con algo de suerte, tal vez el sueño conmiserativo le resetee la imaginación.

Despierta ya en pleno mediodía. La luz le hiere la mirada al abrir los ojos. Enciende un cigarrillo, prepara café, enciende el ordenador y entra en el baño. Sentado de nuevo ante el ordenador, comprueba con estupor que han cambiado los diálogos en el texto que llevaba escrito. También ha cambiado la narración, todo el texto. No reconoce las palabras que, de la noche a la mañana, aparecen escritas. Él no escribió nada de eso.

Al protagonista lo encuentra muerto en el primer capítulo. Los deudos (a los que no reconoce) sostienen  diálogos surrealistas en torno al finado durante el velorio.

— Si dejas los pies en remojo toda la noche, adquiere más gusto. Nosotros lo hacemos siempre así con el caldo. Al día siguiente tiene más sustancia.

— Vaya… ¿Y los sacas antes del hervido o los pones también a cocer?

— Depende. Nosotros usamos los del abuelo que ya no los usa para andar.

El difunto protagonista ya no está muerto en el capítulo segundo. En algún momento, debió de salir del ataúd porque está muy atareado metiéndole mano a la mujer del caldo, que no lleva sostén. Se ha dejado bigote. Luce pajarita y un diente de oro, que le comenta a la mujer haberse mandado hacer con las primeras pepitas que había sacado de Sierra Pelada en sus tiempos de garimpeiro.

El protagonista, que se llamaba Raúl, es Pedro en el capítulo cuarto. Bueno, Pedrito, que  está recibiendo un justo castigo por arrojarle bolas de pan –extraídas del bocadillo del recreo– al profesor, mientras éste escribía en la pizarra. Lo dejó con la palma extendida, aprestándose a recibir unos contundentes varazos.

Convencido de que debe tratarse de un error, revisa todos los archivos del ordenador; ni rastro del texto que escribiera. Abandona la lectura muy preocupado, presa de un estado de ansiedad próximo al paroxismo. Está, sin duda, perdiendo el juicio. Llama a su editor y le suplica inútilmente otro aplazamiento. Convoca a su amigo Luis que tiene el borrador del original.

Con el texto grabado en un pendrive acude a la cita a primera hora de la tarde. Para pasmo de ambos, el protagonista es ahora una mujer irlandesa que, trastocando todos los convencionalismos de su época, se ha enrolado en una expedición para capturar tritones. Consigue, finalmente, capturar uno al que instala en la fuente de su jardín y que  despierta a todo el pueblo tocando una caracola. Es por eso que tiene que mudarse a una casita próxima a un lago, donde pueden proseguir con su relación acuática sin perturbar la rutina de terceros. Comienzan los consabidos problemas de pareja cuando, estupefactos, dejan la lectura.

¿Y ahora qué? Aburrido de sus indecisiones y de sus constantes rectificaciones, el relato discurre espontáneamente, por derroteros insospechados o totalmente distintos a los que él había trazado. Inútil intentar enmendarlo porque las correcciones desaparecen y, a cada corrección, el relato responde con una narración distinta. Así que, dándose por vencido, decide entregar el texto tal cual a su editor. Los dos textos: el alterado del suicida y el alternativo de la expedicionaria irlandesa.

Para su asombro, son bien acogidos. Es felicitado por su editor; que los encuentra enormemente sugestivos, alabándole su técnica narrativa, tan alejada de su habitual linealidad. Se vende bien su libro, que reúne ambos relatos, bastante mejor que sus precedentes. Desahogo económico, al fin.

Y así la vida.

 

 

 

 

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LAS CUATRO Y MEDIA.

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Piergiorgio Branzi

Chronos salió del charco, se secó los pies con las hojas de un calendario atrasado y se quedó mirando al crío que no le quitaba ojo.

_ Mira, te voy a dar una hora para que la lleves siempre contigo.

Y es así que desde entonces fue con su tiempo a cuestas. No sólo con el suyo, sino con el tiempo ajeno de aquello y aquellos con los que tuvo relación; el que cercenó a los árboles que taló y el que le prestaron aquellos en los que se apoyó, el  tiempo perenne de las cosas que poseyó y compartió, el de las personas que amó y odió, el compartido con  los animales que cuidó y el arrebatado a los que cazó.

Apenas lo dejaba reposar unos instantes sobre el suelo para volver a cargarlo otra vez sobre la espalda, paulatinamente más encorvada. En las noches, su hora le velaba  el sueño en permanente vigilia, suspendida en la pared hasta el amanecer. Era despuntar el sol y ya el reloj, indefectiblemente, le caía encima; sin hacer mucho ruido, eso sí, y sin lastimarlo casi nunca, para que lo acarreara otro día más.

Cuando los días pasados trasegando con su reloj le combaron la espalda hasta ya no poder separar el tronco más allá de una cuarta del suelo, decidió que ya era suficiente. Se acostó y no se levantó al amanecer, cuando la hora se le venía siempre encima. Le retiraron el reloj y lo volvieron a colgar en la pared. Un reloj parado, con la insistencia de los despertadores que no conseguimos apagar.

Los suyos sesteaban, mientras él se dejaba arrullar por el canto del ruiseñor. El reloj descendió de nuevo para dejarse caer a su costado y no encima, como de costumbre. El ruiseñor no había acabado su canto, cuando dieron las cuatro y media. A esa hora, Chronos había vuelto a caer en un charco y se secaba los pies.

Su hija depositó la merienda sobre la mesilla, espantó al ruiseñor del alféizar, cerró la ventana, zarandeó a su padre, le tomó el pulso, colocó un espejo bajo su nariz y le besó largamente los párpados cerrados, acariciándole el pelo ralo. Se apresuró en regresar a la cocina con el reloj en las manos. Fue arrojado a la basura entero, ya que no pudieron despiezarlo o romperlo. Un pobre lo recogió y lo colgó en su chabola.

Anda quejándose de que el reloj se le cae encima a deshora y que las cuatro y media son muy pesadas cuando se le suben a la chepa.

 

 

 

 

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BUDA

 

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Ayutthaya, Tailandia.

Buda se sentó bajo el árbol Bodhi. Sobre sus raíces, meditó durante semanas. Fue entonces, y a su sombra, que alcanzó la Iluminación. El árbol Bodhi es una suerte de higuera, conocida como gran Árbol de la Vida.

Dicen que tres de sus raíces dan frutos dulces: generosidad, sabiduría y amor. Las otras tres dan frutos amargos: codicia, odio e ilusión. Las raíces se extienden por el tronco, que está compuesto de cinco partes: forma, sensación, percepción, formación mental y consciencia. Las ramas surgen, por tanto,  a partir de causas y condiciones de las que dependen nuestra felicidad o infelicidad.

Cuando los guerreros birmanos decapitaron las estatuas de Buda en el templo What Maha That de Ayutthaya, una de ellas rodó hasta la base de un árbol Bodhi. Amorosamente, el árbol, de la misma especie que aquél bajo el que meditara Siddhartha, acarició con sus raíces su rostro sonriente. Esta caricia leñosa la alzó del suelo, y la enmarcó en un abrazo sagrado. Buda cerró sus párpados pétreos en un eterno gesto de placer. Sin duda, el árbol Bodhi hizo honor a su nombre y este Buda es uno de los frutos buenos de sus amorosas raíces.

LA CABEZA DE BUDA EN EL ÁRBOL: LA LEYENDA DEL BUDA DECAPITADO

 

 

 

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