EL TEXTO

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Tennessee Williams

Otra vez el bloqueo. Le sucede a menudo. Demasiado a menudo, en los últimos meses. Poco importan los plazos del editor, no le entregará nada que él mismo no leería con gusto. Y no le gusta lo que escribe. La trama no avanza. Y los personajes… Los personajes no están bien perfilados. Ni las descripciones ni  las acciones los definen. ¿Qué hacer? Por esta noche, dejar de escribir e irse a la cama. Con algo de suerte, tal vez el sueño conmiserativo le resetee la imaginación.

Despierta ya en pleno mediodía. La luz le hiere la mirada al abrir los ojos. Enciende un cigarrillo, prepara café, enciende el ordenador y entra en el baño. Sentado de nuevo ante el ordenador, comprueba con estupor que han cambiado los diálogos en el texto que llevaba escrito. También ha cambiado la narración, todo el texto. No reconoce las palabras que, de la noche a la mañana, aparecen escritas. Él no escribió nada de eso.

Al protagonista lo encuentra muerto en el primer capítulo. Los deudos (a los que no reconoce) sostienen  diálogos surrealistas en torno al finado durante el velorio.

— Si dejas los pies en remojo toda la noche, adquiere más gusto. Nosotros lo hacemos siempre así con el caldo. Al día siguiente tiene más sustancia.

— Vaya… ¿Y los sacas antes del hervido o los pones también a cocer?

— Depende. Nosotros usamos los del abuelo que ya no los usa para andar.

El difunto protagonista ya no está muerto en el capítulo segundo. En algún momento, debió de salir del ataúd porque está muy atareado metiéndole mano a la mujer del caldo, que no lleva sostén. Se ha dejado bigote. Luce pajarita y un diente de oro, que le comenta a la mujer haberse mandado hacer con las primeras pepitas que había sacado de Sierra Pelada en sus tiempos de garimpeiro.

El protagonista, que se llamaba Raúl, es Pedro en el capítulo cuarto. Bueno, Pedrito, que  está recibiendo un justo castigo por arrojarle bolas de pan –extraídas del bocadillo del recreo– al profesor, mientras éste escribía en la pizarra. Lo dejó con la palma extendida, aprestándose a recibir unos contundentes varazos.

Convencido de que debe tratarse de un error, revisa todos los archivos del ordenador; ni rastro del texto que escribiera. Abandona la lectura muy preocupado, presa de un estado de ansiedad próximo al paroxismo. Está, sin duda, perdiendo el juicio. Llama a su editor y le suplica inútilmente otro aplazamiento. Convoca a su amigo Luis que tiene el borrador del original.

Con el texto grabado en un pendrive acude a la cita a primera hora de la tarde. Para pasmo de ambos, el protagonista es ahora una mujer irlandesa que, trastocando todos los convencionalismos de su época, se ha enrolado en una expedición para capturar tritones. Consigue, finalmente, capturar uno al que instala en la fuente de su jardín y que  despierta a todo el pueblo tocando una caracola. Es por eso que tiene que mudarse a una casita próxima a un lago, donde pueden proseguir con su relación acuática sin perturbar la rutina de terceros. Comienzan los consabidos problemas de pareja cuando, estupefactos, dejan la lectura.

¿Y ahora qué? Aburrido de sus indecisiones y de sus constantes rectificaciones, el relato discurre espontáneamente, por derroteros insospechados o totalmente distintos a los que él había trazado. Inútil intentar enmendarlo porque las correcciones desaparecen y, a cada corrección, el relato responde con una narración distinta. Así que, dándose por vencido, decide entregar el texto tal cual a su editor. Los dos textos: el alterado del suicida y el alternativo de la expedicionaria irlandesa.

Para su asombro, son bien acogidos. Es felicitado por su editor; que los encuentra enormemente sugestivos, alabándole su técnica narrativa, tan alejada de su habitual linealidad. Se vende bien su libro, que reúne ambos relatos, bastante mejor que sus precedentes. Desahogo económico, al fin.

Y así la vida.

 

 

 

 

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LAS CUATRO Y MEDIA.

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Piergiorgio Branzi

Chronos salió del charco, se secó los pies con las hojas de un calendario atrasado y se quedó mirando al crío que no le quitaba ojo.

_ Mira, te voy a dar una hora para que la lleves siempre contigo.

Y es así que desde entonces fue con su tiempo a cuestas. No sólo con el suyo, sino con el tiempo ajeno de aquello y aquellos con los que tuvo relación; el que cercenó a los árboles que taló y el que le prestaron aquellos en los que se apoyó, el  tiempo perenne de las cosas que poseyó y compartió, el de las personas que amó y odió, el compartido con  los animales que cuidó y el arrebatado a los que cazó.

Apenas lo dejaba reposar unos instantes sobre el suelo para volver a cargarlo otra vez sobre la espalda, paulatinamente más encorvada. En las noches, su hora le velaba  el sueño en permanente vigilia, suspendida en la pared hasta el amanecer. Era despuntar el sol y ya el reloj, indefectiblemente, le caía encima; sin hacer mucho ruido, eso sí, y sin lastimarlo casi nunca, para que lo acarreara otro día más.

Cuando los días pasados trasegando con su reloj le combaron la espalda hasta ya no poder separar el tronco más allá de una cuarta del suelo, decidió que ya era suficiente. Se acostó y no se levantó al amanecer, cuando la hora se le venía siempre encima. Le retiraron el reloj y lo volvieron a colgar en la pared. Un reloj parado, con la insistencia de los despertadores que no conseguimos apagar.

Los suyos sesteaban, mientras él se dejaba arrullar por el canto del ruiseñor. El reloj descendió de nuevo para dejarse caer a su costado y no encima, como de costumbre. El ruiseñor no había acabado su canto, cuando dieron las cuatro y media. A esa hora, Chronos había vuelto a caer en un charco y se secaba los pies.

Su hija depositó la merienda sobre la mesilla, espantó al ruiseñor del alféizar, cerró la ventana, zarandeó a su padre, le tomó el pulso, colocó un espejo bajo su nariz y le besó largamente los párpados cerrados, acariciándole el pelo ralo. Se apresuró en regresar a la cocina con el reloj en las manos. Fue arrojado a la basura entero, ya que no pudieron despiezarlo o romperlo. Un pobre lo recogió y lo colgó en su chabola.

Anda quejándose de que el reloj se le cae encima a deshora y que las cuatro y media son muy pesadas cuando se le suben a la chepa.

 

 

 

 

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BUDA

 

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Ayutthaya, Tailandia.

Buda se sentó bajo el árbol Bodhi. Sobre sus raíces, meditó durante semanas. Fue entonces, y a su sombra, que alcanzó la Iluminación. El árbol Bodhi es una suerte de higuera, conocida como gran Árbol de la Vida.

Dicen que tres de sus raíces dan frutos dulces: generosidad, sabiduría y amor. Las otras tres dan frutos amargos: codicia, odio e ilusión. Las raíces se extienden por el tronco, que está compuesto de cinco partes: forma, sensación, percepción, formación mental y consciencia. Las ramas surgen, por tanto,  a partir de causas y condiciones de las que dependen nuestra felicidad o infelicidad.

Cuando los guerreros birmanos decapitaron las estatuas de Buda en el templo What Maha That de Ayutthaya, una de ellas rodó hasta la base de un árbol Bodhi. Amorosamente, el árbol, de la misma especie que aquél bajo el que meditara Siddhartha, acarició con sus raíces su rostro sonriente. Esta caricia leñosa la alzó del suelo, y la enmarcó en un abrazo sagrado. Buda cerró sus párpados pétreos en un eterno gesto de placer. Sin duda, el árbol Bodhi hizo honor a su nombre y este Buda es uno de los frutos buenos de sus amorosas raíces.

LA CABEZA DE BUDA EN EL ÁRBOL: LA LEYENDA DEL BUDA DECAPITADO

 

 

 

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CORAZÓN.

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Nina Leen

Poseía un corazón simétrico y perfecto, con una hendidura para que fuese posible atravesarlo. Tras la última traición, recortó un precioso puñal y así, traspasado, se lo cosió al pecho. Del corazón manan gotas de fieltro, se deslizan por su vientre y dejan un reguero de sangre suave; salpicaduras textiles que acompañan su andar.

Este desangrarse lento la va consumiendo; adelgazándola, descarnándola, hasta dejarla reducida a una escueta silueta de piel y huesos. Al caer la noche, despojada de su jersey ensangrentado, su figura se recompone un tanto. Todavía chorreante, lo guarda en el armario, separado del resto de prendas para no ensuciarlas. Periódicamente, lo sacude y limpia el rastro de dolor que deja en el estante. Irán dejando de aparecer restos de rayón y lana bajo su trama, hasta no necesitar ya proteger la parte de la balda en contacto con el suéter.

Allí permanecerá, hasta que una pena nueva la empuje a rescatarlo. Lo vestirá con orgullo. Volverá a exhibir su corazón traspasado, cuando considere preciso dejarse matar por su afelpada puñalada, derramándose en un reguero de paño con el que se secará la frente la muerte que, corriendo, acudirá a buscarla.

 

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SUERTE

 

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Alberto García-Alix

Cuando Lourdes abrió su correo leyó con claridad el mensaje: “Soy tu suerte. Quedamos  debajo de tu casa, en el bar,  para ajustar cuentas. Mañana, a las tres. Te invito a un café. Si faltas, no tendrás ocasión de volver a verme”. “Como si te hubieras dejado ver mucho durante los últimos años”, pensó, mientras repasaba de una tacada la que había sido su vida desde que era niña. La dirección de correo era la suya. Como si se hubiera enviado un correo a sí misma. Desconcertada, pero decidida, se auto respondió: “Allí estaré”.

Tras el consabido insomnio, amaneció un día como otro cualquiera, con sus rutinas, con sus obligaciones. No comió. Los nervios siempre le habían atenazado el estómago. Una hora antes, ya estaba abajo. Casi nunca pisaba el local.  Habría entrado con ésta unas cuatro veces. Eso sí, siempre saludaba al dueño, si lo encontraba fuera. El que estuviera en su mismo inmueble desalentaba las visitas; era como no salir de casa, así que casi siempre pasaba de largo. Se sentó frente a la puerta, de espaldas a los baños. Se pidió un whisky para darse ánimos. Pidió el mejor que se le vino a la cabeza, sin hielo. Consultando el móvil para intentar distraerse, esperó. Cuando faltaban cinco minutos para las tres de la tarde, se vio a sí misma empujando la puerta, vestida como jamás se le hubiera ocurrido vestirse; un vestido de licra negro que revelaba inmisericorde toda su anatomía, un cinturón de lentejuelas, un escote generoso con efecto push up, una cazadora a juego con un bolso y unas botas peludas de plataforma en estampado de leopardo. La insólita estampa de sí misma se completaba con un falso pircieng en la nariz; unos aros en los lóbulos de las orejas del tamaño de pulseras, maquillaje multicolor, un tatuaje con forma de huellas de gato en el lado izquierdo del cuello, pulseras innumerables, bolso de polipiel, tupé y tinte negro para el pelo.

Fascinada por esta imagen, la invitó a sentarse. Su suerte venía mascando chicle. Pidió un whisky, como ella, pero el suyo más barato. Observó la cara de estupefacción del camarero, alternando miradas a una y a otra mientras traía la comanda. Se sentía decepcionada, aunque –pensándolo bien– su aspecto era bien congruente con su comportamiento durante tantos años.

Minutos después, tuvo la certeza de que el mensaje se lo habían escrito. No llegó a descifrar qué era lo que quería de ella. Tras frases ininteligibles, (apenas farfulladas entre mascada y mascada al chicle, de las que sólo recogió algún sonido y palabra suelta del tipo: “acais”, “amonooh”, “hhhajó”, “garbelloh”, “ira”, “illa”, “damun”, “aves”?, “acho loca”, “enga”, y poco más) abandonó el local, no sin antes dejar sobre la mesa el importe de las dos consumiciones,  incluyendo una generosa propina. El dueño salió a la puerta, cuando ya se alejaba, para recriminarle su desconsideración al dejarle ese enorme charco de sangre sobre el asiento, goteando sobre el suelo y ensuciando todo de granate. Afortunadamente, la tapicería era de skay.

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EXTRARRADIO

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Francisco Ontañón

A veces, el amor camina por los suburbios. Tiene cierto aspecto  desolado a causa de sus descampados, por los que se procura avanzar entrelazados hacia una promesa de guarida en construcción.

Para cuando no quede ni rastro del primigenio camino de tierra, para cuando las fachadas se llenen de ojos de aluminio y cristal, el amor se moverá algo mustio entre visillos de poliéster y vahos de pucheros. Se sentará en un banco sombreado esperando a ver como marca goles el desengaño. Se agostará para deslizarse por las calles de la grisura. Buscará acomodo en el recodo de una maceta de geranios y allí pasará muchas noches, encogido por el temor de verse despedazado por la garra de un gato o ensordecido  por el llanto estridente de un niño.

Transmutará, una vez más, cuando se imponga una reforma a fondo para reparar las grietas; cambiar las cañerías para evitar fugas, cambiar las ventanas para que no se cuele el frío, repintar para cubrir las manchas de humedad y los desconchados, redecorar y tirar los muebles desgastados, tirar tabiques… O bien, si la reforma resultara demasiado onerosa, optará por una mudanza, lejos del extrarradio.

 

 

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MEDUSA

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Gianni Boradori

A la  Medusa, escandalizada, se le escapó un grito ante beso tan apasionado. Éste fue grande y resonó en toda la Galería Uffizi. A él acudieron de otras salas, también los vigilantes. Todos se quedaron inmóviles, contemplando el cuadro silencioso, y sus miradas se desplazaron inmediatamente a las estatuas de mármol de dos amantes que, sujetándose la cabeza,  fusionaban sus bocas. Percatándose de la múltiple observación de la que eran objeto, se levantaron azorados y se dirigieron a la entrada sin volver la vista atrás. La Medusa permaneció en su gesto de asombro, mientras los demás apuraron el paso antes de salir precipitadamente, temerosos de hacer algo que irritase a la gorgona y reclamase de ellos su mirada, dejándolos convertidos en estatuas ambulantes.

Desde entonces, de todo el mundo es sabido que los amantes que se hacen llamar Perseo y Andrómeda recorren el mundo ganándose la vida como instalación temporal en algún museo o como conjunto escultórico que por algún tiempo decora las calles, las plazas o los parques de cualquier ciudad en la que, por lo general, son recibidos con los brazos abiertos. La pose más solicitada es la del beso que los hizo famosos, mas también adoptan otras posturas que puedan ser del agrado del público. La atracción que suscitan es tal, que siempre es necesario, por parte de las autoridades, adoptar medidas para impedir avalanchas. Con problemas para gestionar su repentino éxito, la pareja ha expresado su deseo de retirarse a Argos. La dirección de la Galería ha retirado el cuadro.

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