SUICIDIO

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André Gelpke

Alguien me fotografió antes de que me matara. Podía pasar, estaba en el paseo marítimo. A la caída de la tarde, a mucha gente se le antoja sacar fotos; la fotogenia de los atardeceres. Alguien con un móvil o cámara en ristre me inmortalizó asesinándome. Un fastidio. Una prueba inútil para una investigación.

Y sí, en efecto, llevaba odiándome mucho tiempo. Demasiadas decepciones, demasiada tristeza, demasiado hastío. Cansado de escucharme mis reproches, sin tiempo ya para reparar los errores o para hacer lo que quise y no hice, porque el momento efímero de la oportunidad pasó,  me llamé al teléfono de la casa de mis padres, a la casa donde viví de pequeño,  para pedirme que viniera a hacer el trabajo que yo no me atrevía a realizar. Como me despreciaba mucho, no puse muchos reparos. Puse, eso sí, mis condiciones; el favor no iba a salir gratis, y me exigí entradas al cine durante un mes.  Acudí al cajón donde guardaba la pistola de jugar a los policías y salí del apartamento. Me di tiempo para  entrar, cogerla, salir de casa sin ser visto y para caminar hasta el paseo. Y me esperé con gran espectación. Algo más de una hora, dando vueltas a derecha e izquierda para regresar al mismo banco fijado para la cita. Y me vi, por fin, medio oculto entre la gente, con las manos en los bolsillos. A la hora convenida me vi acercándome, con determinación, a cierta distancia de la baranda. Con más pelo, con mis grandes orejas, y esa expresión de malhumor que siempre pongo para las fotos. Una vez más, contra mi voluntad, se me fotografiaba. Me fui acercando poco a poco, pistola en mano. Se notaba de lejos que no me hubiera reconocido, de no ser por las referencias que me di en cuanto a mi indumentaria. Me pagué lo pactado. Me vi contemplándome fijo desde mis ojos airados de niño, revosantes de decepción.

Fueron varios disparos de infancia a bocajarro, sentí como me perforaban el pecho las ilusiones, los sueños, las esperanzas, los juegos, el primer amor, el tiempo por venir que todavía no había sucedido… La inocencia me alcanzó el corazón. El dolor intenso hizo que me desplomara, mientras manaban en abundante flujo las promesas que me hice y que me estaban desangrando.

Antes de que dejara de ver a la gente que comenzó a rodearme,  antes de que escuchara a alguien llamar a la policía, me vi alejándome a contracorriente, entre la gente que se dirigía a donde yo estaba. Me vi tirando la pistola de juguete al mar, sin volver la vista atrás. Mi cazadora de adulto me quedaba grande, una mancha de claridad que se alejaba hasta desaparecer.

 

 

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FELICES FIESTAS

 

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Escribir una leyenda

Felices fiestas, amigos. Por circunstancias, apenas he podido entrar por aquí. No he podido escribir ni leerlos como quisiera. Y créanme que lo lamento de veras. Por un 2019 que nos acerque en nuestras lecturas, lleno de letras y encuentros. Ojalá el 2019 sea muy bueno para todos ustedes, y que a mí me permita escribir y leerlos. Eso significará ya que no irá del todo mal. ¡Feliz 2019!

 

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REFLEJO

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Adriana Lestido

Todos dejamos nuestro reflejo olvidado en algún espejo de la niñez. Ninguno lo perdemos, no obstante. A veces nos volteamos y fugazmente se asoma al espejo de ahora para hacernos burla y guiñarnos un ojo.

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FUENTE-ÁLAMO

 

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Plaza de la Constitución

Martes, 12 de septiembre, la Junta de Educación, Cultura y Deportes de Castilla-La Mancha acaba de asignar destinos para cubrir interinidades; suplencias y sustituciones de profesores en institutos y centros de formación profesional, particularmente numerosas a comienzos de curso y que todos los profesores sin plaza fija esperan como agua de mayo, aunque caiga en septiembre.

Yo no, no la espero con ansiedad. No porque no necesite trabajar o porque me disguste mi trabajo, pero lo cierto es que el último curso lejos de mi casa fue particularmente penoso para mí; el ambiente de trabajo, el alumnado, las circunstancias desagradables que empañaron la convivencia en alguno de los alojamientos pasajeros que tuve a mal escoger. Hasta la climatología fue extremadamente dura: un invierno que parecía no terminar nunca y que acabó en pleno mes de junio. El verano junto a los amigos de toda la vida y al mar de mi ciudad pasó rápido, muy rápido. Presintiendo que iba a ser así, hice particular hincapié en disfrutarlo todo lo que pude. Creo que lo conseguí en varias ocasiones, sobre todo en las que no puse empeño, tal y como suele suceder casi siempre.

No acababa yo de dar el último bocado al almuerzo, cuando recibo una notificación en mi móvil confirmándome lo que tanto me temía: se me había adjudicado una plaza en Fuente-Álamo, provincia de Albacete. Buscar en el mapa de España, ubicar destino: casi en la provincia de Murcia, casi a mil kilómetros de casa. El ayuntamiento tiene página web. Allí, junto a los anuncios oficiales, el programa de las inminentes fiestas patronales y actividades de ocio organizadas por el ayuntamiento, se ofrece información sobre la línea de transporte regular que comunica el pueblo con la capital: Albacete, información importante para una persona que, como yo, no posee coche. Casi imposible salir de allí: un único autobús sale a las 7.15h del pueblo con destino Albacete y regresa a las 15.00h, inexistente los fines de semana. Con esta expectativa de destino, ganas dan de renunciar a la plaza. La ansiedad y la premura de los preparativos ante la inminente incorporación, imaginar el aislamiento en un remoto pueblo de la estepa castellana, un agujero en plena Mancha, me acongoja el ánimo. Noches de mal dormir. El futuro imaginado impide el descanso. La profesión elegida se percibe como un error que obliga a una itinerancia indeseable.

8.15h de un domingo. Doce horas después arribo a Albacete. En plenas ferias, difícil encontrar un alojamiento. El taxi me cobra una barbaridad desde la estación de tren hasta mi alojamiento. Aterrizo en un hostal de carretera, a casi diez kilómetros de la ciudad. Esto no comienza bien, me digo.

En una gasolinera me esperan dos de mis futuros compañeros para llevarme en coche hasta mi lugar de trabajo. Carretera comarcal de doble sentido. Recta, pero envuelta en una densa niebla. Casi cincuenta minutos de viaje. Casi sesenta kilómetros de distancia. Un coche detenido en el arcén. Abolladuras provocadas por un jabalí imprudente que atravesó la carretera sin mirar.

Trámites administrativos ineludibles. Primera toma de contacto con los alumnos, con los compañeros. En su mayor parte viven en Albacete y se turnan para conducir y poner el coche durante la semana. Casi dos horas diarias: ida y vuelta. Nuevas responsabilidades y cordialidad, amabilidad y acogida cariñosa. La impresión que me causa el entorno humano no puede ser mejor. Una compañera se ofrece a ayudarme a buscar alojamiento y me invita a comer a su casa. Tres casas me tocará visitar esa tarde. Otras serán tanteadas en los sucesivos días. Todas ellas enormes para una sola persona y sin calefacción para ayudar a pasar un invierno que se perfila tan duro como el verano tórrido que no se quiere ir.

Fuente- Álamo es un viaje al pasado. A un pasado que se cree superado, pero que persiste en lo más recóndito de la geografía española.

El edificio del ayuntamiento y una iglesia con escalinata, espadaña y semicúpula en el altar presiden la plaza central, punto de encuentro insoslayable. A esas horas del mediodía casi desierta, pero muy animada a partir de las cinco o seis de la tarde. Pasada la obligada hora de la siesta, cuando el calor arrecia, los vecinos comienzan a transitarla. Las terrazas de los cafés y bares comienzan a llenarse. Los niños corretean y juegan, muchos de ellos, alumnos míos con los que me tropezaré por doquier. Unos cuantos árboles se esfuerzan en dar algo de sombra a los bancos de los márgenes. He visto pocos álamos, los que hay los ha plantado la municipalidad. Árboles de ribera, no hay aquí río alguno al que se puedan acoger. Aunque el pueblo debe su nombre, al parecer, a uno que crecía junto a una fuente, ya que la zona es área en donde proliferan los acuíferos. Los chorros luminosos de una pequeña fuente ornamental se ponen en funcionamiento de seis de la tarde a once de la noche, proporcionando a la plaza un rumor acuático. Ilusión de inexistentes frescores.

Es un pueblo pequeño. En plena vendimia, los tractores de la cooperativa van y vienen en un frenesí de actividad. Las moscas no dan tregua. Casas que cuelgan eternamente un letrero de SE VENDE. El paisaje amarillo, reverbera con las últimas luces de la tarde. El aire es espeso, inmóvil, perezoso y sofocante.

Un consultorio médico, una casa de la cultura, un autoservicio y un supermercado, una farmacia con rebotica, donde -al parecer- se organizan tertulias, dos bazares: el de “el moro” y el de la Pascuala (el Corte Inglés de Fuente-Álamo) y dos hostales; uno de ellos, el de la Encarna, con servicio de restaurant completan la oferta de servicios que ofrece el pueblo.

Los más mayores sacan las sillas a la calle al caer el sol. Ahí, a la fresca, yo sé que me he incorporado ya a sus tertulias porque soy novedad y todavía no se han habituado a verme pasar. “¿Tú de qué familia eres?”, me preguntan, y no poderme “ubicar” les provoca cierto desconcierto.

Creo que el destino no obra arbitrariamente. Lo que se percibe como adverso puede esconder un tesoro de alegrías, de pequeñas satisfacciones cotidianas que nos reconfortan y nos reconcilian con el mundo. Y lo que parece culminar nuestros deseos y aspiraciones puede encerrar arrobas de decepciones. Así pues, las gentes de Fuente-Álamo con su acogida cariñosa y hospitalaria me están ayudando a paliar el disgusto causado por una tan indeseable adjudicación. Me invitan a comer, al aperitivo, al club de senderismo, me besan, me abrazan y me arropan. Todo es calidez, no se puede pedir más. Sin embargo, el horizonte es escueto en este pueblo. Me falta un poco de anonimato.

Por aquí iré narrando, de vez en cuando, mis aventuras y desventuras. Instalada ya en una vivienda más que digna, iré trazando un esbozo de sus personajes, los egregios y los comunes, de mis alumnos y de mis cuitas profesorales. No hay drama, pues. Todo sucede por algo. Eso dicen.

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ÚLTIMO VIAJE.(Campania)

La Campania espera. Nápoles espera. El Tirreno espera. Esperan desde Il Risorgimento  una prosperidad que nunca llega, que no ha sabido ir más allá de Roma, e incluso allí se ha movido con dificultades. Luego no ha salido ningún tren que la acercara al sur.

Desde los oscos, infinidad de pueblos la apetecieron y ocuparon: griegos, romanos, bizantinos, lombardos, normandos, aragoneses, franceses, españoles, austríacos y piamonteses. Su excelente posición geográfica,  su ubérrima tierra, la hicieron codiciada por todos. De su antigua prosperidad quedan sólo vestigios, en forma de concurridos emplazamientos arqueológicos y magníficos monumentos más o menos bien conservados.

La región es de una belleza apabullante. Un desafío al hombre, que acabó por asentarse en sus abruptos farallones. Ahí, trepando sobre las faldas de la montaña, se despliega Amalfi. Fue la más antigua de las Repúblicas Marítimas que comerciaba con Egipto, Siria y Bizancio, cuando Venecia no era más que un esbozo de la potencia que llegaría a ser.

Tanta gloria pasada para este presente de olvido. Nápoles está sucia y la basura se acumula en pequeñas montañas, alguna de las cuales no tardará en alcanzar la altura del Vesubio. Hay calles que no han sido barridas desde su última erupción, por lo menos. De hecho, se encontrará  una escoba de retama, semioculta en un entrante de los muros de las casas, para que cada vecino limpie su pedacito de calle. Los altares aparecen por doquier; casi siempre al doblar una esquina, dedicados a todos los santos y vírgenes imaginables, sin que puedan faltar los inevitables Padre Pío y San Gennaro. Y la molicie campa a sus anchas, se pasea sin vergüenza por las calles; los numerosos vagabundos que duermen apostados cada noche a la entrada de la Estación Central en Piazza Garibaldi ponen de manifiesto lo precario de unas políticas sociales que no alcanzan a todos, clave del arraigo de prácticas mafiosas que desde siempre supieron paliar la ausencia del Estado. Pero Nápoles sigue siendo siempre una invitación a la vida.  Como siempre también,  sus calles, de decrépitos palacios, continúan estando  entoldadas  por pulcras y exhaustivas coladas. El napolitano es de suyo un dialecto cantarín del que han brotado grandes voces; algunas bien conocidas, otras -no menos grandes- anónimas. Sobrecogedora, la emotividad de una plegaria espontánea entonada por un muchacho a ritmo de tarantela ante la estatua de San Gennaro.

El Vesubio, que no acaba de dormirse, cobija a sus gentes bajo sus faldas y ello imprime carácter — buen carácter diría yo — , porque de todos los italianos que he conocido los de esta región me han parecido los más amables, hospitalarios, alegres y solícitos. Diríanse habituados a convivir con la sempiterna amenaza de la muerte, bajo la forma de erupción volcánica o de violencia organizada y desorganizada. De su desamparo parece haber nacido su consciente o inconsciente necesidad de disfrutar. “Carpe diem, quam minimum credula postero”, aprovecha el día y no confíes en el mañana, que decía Horacio, y que todo buen napolitano debe tener como axioma.

Mejor sería visitar la región en temporada baja, cuando se hayan retirado las multitudes foráneas, cuando el calor haya cedido a las primeras embestidas del Gregal. El otoño  es la estación que más se acomoda para recorrerla con tranquilidad, sin colas, sin apreturas, devuelta a su cotidianeidad de otro tiempo, sincronía de posguerra en pleno siglo XXI: mujeres que arrojan  por el balcón el agua de regar las plantas al terminar (no sin antes avisar, eso sí), familias enteras que viajan en una sola moto… Todavía se pueden contemplar estampas que parecen sacadas de un film neorrealista o acaso surrealista. La Campania espera el retorno de la prosperidad que emigró hace muchos años y una mirada detenida que la premura turística le escamotea. Una epifanía.

 

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OVILLO.

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Ruth Bernhard

Madeja de agua enredada en tus manos,

sobre ti derramada,

deshilachada mi entraña rasgada.

Ovíllame en tu lengua,

téjeme en trama de lluviosa gasa .

Lanzadera acuática,

urdimbre de mi vientre,

el mar de mi cintura te devana.

La luna romperá

el hilo que a mi corazón te ancla.

 

(Una Silva)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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METAMORFOSIS

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Alicja Brodowicz.

La vida la llenó de arrugas y de un humus oloroso que se le fue acumulando en los pliegues. Comenzó por sentir leves cosquilleos en las muñecas. Eran como unas caricias internas que le hacía la sangre, que por momentos sentía circular vigorosa por sus extremidades, hecho insólito que ni en su juventud había percibido. Si se quedaba inmóvil en la cama, en el silencio de la noche, podía escuchar su movimiento en las venas  y el tenue canturreo de sus borbotones cuando llegaba al corazón. Así podía estarse horas, hasta que se quedaba dormida, mecida por el rumor de su circulación sanguínea.

Una sustancia negruzca y terrosa se fue depositando en los surcos de su piel, siendo imposible desprenderla, por más que se lavara y empleara los más diversos productos químicos o naturales. Nada sirvió. Su cuerpo y su cara se llenaron de trazos negros. Líneas que la tachaban y ensuciaban. Avergonzada, dejó de salir a la calle. Escondiéndose de las visitas, les suplicaba a sus hijos y nietos que la excusaran ante las amistades, que comenzaron a dejar de visitarla al concluir que los rehusaba. Unas hojas comenzaron a brotarle de las manos.

 

La abuela no nos dejó, como lo hicieron los abuelos y la otra abuela –como lo hacemos todos tarde o temprano, muriéndonos y ya–  ella no, siempre fue rara hasta para eso. Recuerdo sus últimos días; la carne iba desapareciendo a trozos, una gruesa corteza iba invadiéndola poco a poco, tronco y extremidades cubiertas de un espeso follaje verde. Yo barría cada tarde  las hojas que se cayeron entrado el otoño.

Llegado enero, ordenó a mi padre que la plantara en el jardín de la entrada. Fueron sus últimas palabras, musitadas en una suerte de crujido. Todavía conservaba algo de los pies entre las raíces, que no quería que se secaran, cuando mi padre se dispuso a cavar la tierra endurecida por la escarcha. Los ojos casi habían desaparecido entre pliegues leñosos, pero todavía continuaron mirándonos hasta las primeras nieves, luego se cerraron definitivamente, hundidos en  la corteza. La conversión vegetal se completó así en pleno invierno. No quedó rastro de la humanidad original de la abuela. Las rigurosas heladas robustecieron su nueva naturaleza. Sus preciosas flores blancas, que acababan por tapizar  el jardín a comienzos de marzo, anunciaban puntuales la llegada inminente de la primavera y los días largos. Durante el verano, su sombra cobijaba siestas y comidas en familia. Cuando éste apuntaba a su fin, le arrancábamos una buena cantidad de almendras -algo amargas, cierto es-  con las que mi madre elaboraba un aceite esencial y unas tartas y pastelillos deliciosos que yo devoraba con fruición en un alarde de cariñosa antropofagia a la que nos entregábamos toda la familia.

Me comenta mi hermano que la abuela ha comenzado a secarse. Nadie se ocupa de ella desde hace tiempo. Antes pagábamos a Arturo para que la podara de vez en cuando, pero Arturo murió,  el pueblo se ha ido quedando vacío, y cada vez resultó más difícil encontrar a alguien que le cortara las ramas secas con la debida regularidad estacional. Ya sólo quedan viejos, como nosotros, que ya no están para muchas podas. Los veraneos a su sombra se fueron acortando cada vez más. La casa, difícil de mantener, se ha deteriorado.

Antes de vender la finca, mi hermano y yo hemos decidido hacer talar el almendro. Ningún extraño hará leña de nuestra abuela.

 

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