CIGARRILLO

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Jean-Loup Sieff

«¿Tienes fuego?», me preguntó, y yo se lo di. Pegué la punta de mi cigarro al cigarrillo de su boca, sin soltarlo de la mía. Y así nos quedamos,  después de que el suyo se prendiera. Y así nos quemamos,  antes de las colillas.

Nos fumamos en silencio. Dos extremos en combustión sosteniéndose en el centro de una mirada, inhalándonos y exhalándonos en  cada calada. Dos aromas confundidos en una única humareda, saboreándonos en su ascensión, mientras nuestras cenizas caían grávidas.

Los cigarrillos moribundos fueron arrojados al suelo, sus cadáveres humeantes nos delataron ante nuestros ojos cómplices, que desde el suelo volvieron a buscarse incandescentes,  necesitados de apagar sus brasas para no seguir ardiendo en nuestras pupilas. El tiempo de un cigarrillo basta para un incendio.

 

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DOMINGO

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Vicente Nieto

Salíamos de la iglesia, Teresita con su vestido de organdí, Gertru con sus trenzas perfectas y simétricas rematadas con dos contundentes lazos blancos. A mí no me gustaba ese empeño de mi madre en almidonarme las enaguas cuando iba a misa, pero estaba contenta, me habían regalado una cámara de fotos porque acababa de cumplir años y mis notas en el colegio habían sido buenas. Privilegiada y envidiada por tal artefacto, les propuse que posaran endomingadas para mí.

Esa foto no salió en el revelado del carrete, tal y como comprobé meses más tarde, cuando mi padre regresó con las fotos metidas en un sobre que rezaba: «Aureliano López, fotógrafo. Eventos, retratos, bodas, bautizos y comuniones».  Algo decepcionada por la ausencia del retrato de mis amigas, eché en falta otras dos fotos más, pero la que más lamenté que se perdiera fue la de ese domingo. Porque Teresita murió muy pronto. La muerte, bajo la forma de un cáncer devastador, me la arrebató en plena juventud. Cuando supe de lo irreversible de su estado, iba con frecuencia a pasar las tardes con ella siempre que podía, incluso me quedaba a cenar y a dormir en su casa. Así fue durante todo un verano, hasta que tuve que regresar a Salamanca porque el curso se reiniciaba. Me acuciaba un cierto remordimiento por dejarla así. Sabía bien que tal vez no regresaría a tiempo para estar con ella mientras aún estuviera viva. Y así fue, meses después, recién estrenado un luminoso mes de abril, el teléfono sonó. Teresita se había ido esa misma mañana. Apenas llegué a verla entre lutos y flores dentro de un ataúd claro. Sus mejillas adelgazadas, sus labios azules que besé antes de que cerraran el ataúd. Era un día espléndido de primavera. Los pájaros cantaban alegres en el cementerio.

A Gertru, en cambio, me la arrebató la vida. Otro país,  trabajos que se fueron sucediendo, matrimonios, hijos, nietos… Toda la concatenación de circunstancias que sirven para alejarnos de lo más significativo en nuestras vidas; el tiempo, al fin y al cabo. Recién acabo de reencontrarla en el Facebook, a través de su hija. Difícil recuperar el tiempo perdido. Nos estamos poniendo al día, rastreando la niña que fuimos que poco a poco se va asomando por detrás de los años.

Hace pocos meses, durante unas vacaciones, visité una exposición de fotografía. Imágenes de otras épocas, de lugares y gentes de mi ciudad.  Me reconocí tras la cámara fotográfica que me habían regalado mis padres. Reconocí de espaldas a mis amigas de la infancia: el vestido de organdí de Teresita y las inconfundibles trenzas de Gertru. Tras el vuelco del corazón, tuve que sentarme en un rincón de la sala, antes de que se me saliera por la boca. La fotografía fuera ya del alcance de mi vista provocó el llanto incontenible que me nubló los ojos y desató las atenciones solícitas del encargado de la sala. Toda mi niñez me asaltó de golpe. Aquella mañana de domingo regresaba en todos sus detalles. Explicada la causa de mi estado, pude hablar con los organizadores de la exposición que me enviaron una copia de la fotografía. Hoy acabo de recibir la que yo saqué y nunca se reveló. La compartiré con Gertru.

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PENÉLOPE

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Tony Vaccaro

El tiempo caminó hacia atrás durante la larga ausencia de Ulises. Éste apenas la ha reconocido y ya se le mete por los ojos en forma de cansancio infinito, haciéndole lagrimear sobre el bordado que le obliga a hacer su profesora de costura.  Todavía no ha aprendido a tejer, y puede que nunca aprenda. Puede que nunca repare en el hombre recién llegado que la observa con perplejidad. Puede que nunca aprenda a ser fiel a una ausencia demorada en incesantes aventuras que le serán ajenas. Puede que no renuncie a las pretensiones desinteresadas o no de amantes azarosos, ni a la cadencia de la música del futuro que irá escribiendo con los previsibles renglones torcidos, que incluso trazan los dioses y los poetas.

Penélope vuelve a ser niña y no tiene memoria de su futuro. El destino se cumple con la misma disciplina con la que se remata un bordado, pero  Penépole ya ha dado unas cuantas malas puntadas que parecen haber echado a perder la labor de costura, y el desconocido que había entrado llenándole los ojos  de lágrimas acaba de  irse. Penélope bosteza, se levanta y abandona el bordado sobre la silla. Esta vez, la profesora no la reprende. Cansada, mira al suelo cabizbaja mientras regresa a casa.

Ulises esperará. Ya aguarda en el último recodo del camino y recela un tanto porque no quiere asustarla saliéndole al paso. Cae la tarde y se ha levantado viento en Esparta. El polvo que arrastra se le ha metido en los ojos y vuelve a lagrimear. Se los frota deteniéndose en la última curva antes de llegar a casa.

 

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REGRESO

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Antanas Sutkus

Voy leyéndolos, como ejercicio para ponerme en forma para mi próxima entrada. Por fin, llegan días con tiempo para leer y escribir. Un gusto poder volver a andar por aquí.

Nos leemos.

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DISCULPAS

 

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Me van a disculpar la ausencia. A veces, la vida no nos deja ni pequeños ratitos para andar por aquí. En cuanto pueda, vuelvo a leerlos y a dejar algún post por aquí. No es abandono o desinterés, sino falta de tiempo.

Hasta pronto.

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LEDA

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Friedrich Seindenstücker

Les comparto el momento en que Leda le da esquinazo a Zeus. Como se ve, está muy indignado por el rechazo, intenta abalanzarse sobre ella. Se trata de un claro ejemplo de olímpico acoso sexual, que los mitos griegos han tergiversado para no menoscabar las legendarias habilidades seductoras de Zeus, que solía metamorfosearse para alcanzar sus objetivos. Poco seguro, quizá, de alcanzar sus conquistas bajo su real apariencia.

Se dice que Leda se disponía a tomar un baño cuando lo vio en forma de cisne, se aproximó a él y lo acarició. Pero no fue así, en realidad. Zeus resultó ser más bien un ganso – sin duda, una apariencia más en consonancia con su divina esencia- y Leda,  dándose cuenta de la impostura, salió del lago y se puso a buen recaudo, como se ve.

No se sabe nada de  posibles hijos mortales, pero se dice que en tiempos homéricos circulaba por toda la Hélade la expresión: «no ser capaz de partir un huevo», como sinónimo de torpeza atribuida a esta incapacidad de Leda.  Realmente, no se trataba de una falta de habilidad, sino de temor supersticioso. Leda delegaba en otros esta acción siempre que se disponía a hacer una tortilla. Nada de extrañar. No fuera que, al abrirlos, se encontrara con un Cástor o un Pólux en forma de yema doble, o una Helena o Clytemnestra hechas unas pollitas.

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DANZARINA

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Alexander Grimberg

A cada salto apartaba la tristeza. Tensaba los músculos y se impulsaba: el vacío entre los pies y el mundo. Pero si la danza la precipitaba a la alegría, se impulsaba más alto e introducía su mano en la nube en donde  guardaba la melancolía. La bajaba con delicadeza, con el temor constante de que se deshiciera su trama de agua. Se envolvía en ella antes de llover. Y la tierra caliente -al absorverla- humeaba,  concediéndole unos perfiles imprecisos que se mantenían trémulos y transparentes antes de evaporarse. En acumulación de constante precipitación, se  deslizaba por las pendientes y las calles; y mojaba los cristales y las caras, las piedras y la retama, la ciudad y la hiedra, los pies y las bocas, los tejados de zinc y las torres de la catedral,  las multitudes y  los transeúntes solitarios, los pensamientos y las palabras. Mojaba las risas y dulcificaba los llantos más salobres. Limpiaba vidas enteras, mientras se filtraba por las rendijas de los corazones.

Cada vez más desnuda, su manto de nube acababa siempre por deshacerse, inexorablemente, y su cuerpo la reencontraba siempre en medio de la noche. La retomaba tras el chaparrón precipitado e intenso. Le devolvía el frío, el temblor, el estremecimiento de la madrugada. La depositaba en su cama, la arropaba en fatiga, le traía el sueño y le secaba una última lágrima danzarina.

 

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FELIZ NAVIDAD

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Jheronimus Bosch

Felices fiestas a todos los que amablemente me leéis y animáis con vuestras lecturas a seguir escribiendo. En el 2018 nos seguiremos leyendo.

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EL TEXTO

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Tennessee Williams

Otra vez el bloqueo. Le sucede a menudo. Demasiado a menudo, en los últimos meses. Poco importan los plazos del editor, no le entregará nada que él mismo no leería con gusto. Y no le gusta lo que escribe. La trama no avanza. Y los personajes… Los personajes no están bien perfilados. Ni las descripciones ni  las acciones los definen. ¿Qué hacer? Por esta noche, dejar de escribir e irse a la cama. Con algo de suerte, tal vez el sueño conmiserativo le resetee la imaginación.

Despierta ya en pleno mediodía. La luz le hiere la mirada al abrir los ojos. Enciende un cigarrillo, prepara café, enciende el ordenador y entra en el baño. Sentado de nuevo ante el ordenador, comprueba con estupor que han cambiado los diálogos en el texto que llevaba escrito. También ha cambiado la narración, todo el texto. No reconoce las palabras que, de la noche a la mañana, aparecen escritas. Él no escribió nada de eso.

Al protagonista lo encuentra muerto en el primer capítulo. Los deudos (a los que no reconoce) sostienen  diálogos surrealistas en torno al finado durante el velorio.

— Si dejas los pies en remojo toda la noche, adquiere más gusto. Nosotros lo hacemos siempre así con el caldo. Al día siguiente tiene más sustancia.

— Vaya… ¿Y los sacas antes del hervido o los pones también a cocer?

— Depende. Nosotros usamos los del abuelo que ya no los usa para andar.

El difunto protagonista ya no está muerto en el capítulo segundo. En algún momento, debió de salir del ataúd porque está muy atareado metiéndole mano a la mujer del caldo, que no lleva sostén. Se ha dejado bigote. Luce pajarita y un diente de oro, que le comenta a la mujer haberse mandado hacer con las primeras pepitas que había sacado de Sierra Pelada en sus tiempos de garimpeiro.

El protagonista, que se llamaba Raúl, es Pedro en el capítulo cuarto. Bueno, Pedrito, que  está recibiendo un justo castigo por arrojarle bolas de pan –extraídas del bocadillo del recreo– al profesor, mientras éste escribía en la pizarra. Lo dejó con la palma extendida, aprestándose a recibir unos contundentes varazos.

Convencido de que debe tratarse de un error, revisa todos los archivos del ordenador; ni rastro del texto que escribiera. Abandona la lectura muy preocupado, presa de un estado de ansiedad próximo al paroxismo. Está, sin duda, perdiendo el juicio. Llama a su editor y le suplica inútilmente otro aplazamiento. Convoca a su amigo Luis que tiene el borrador del original.

Con el texto grabado en un pendrive acude a la cita a primera hora de la tarde. Para pasmo de ambos, el protagonista es ahora una mujer irlandesa que, trastocando todos los convencionalismos de su época, se ha enrolado en una expedición para capturar tritones. Consigue, finalmente, capturar uno al que instala en la fuente de su jardín y que  despierta a todo el pueblo tocando una caracola. Es por eso que tiene que mudarse a una casita próxima a un lago, donde pueden proseguir con su relación acuática sin perturbar la rutina de terceros. Comienzan los consabidos problemas de pareja cuando, estupefactos, dejan la lectura.

¿Y ahora qué? Aburrido de sus indecisiones y de sus constantes rectificaciones, el relato discurre espontáneamente, por derroteros insospechados o totalmente distintos a los que él había trazado. Inútil intentar enmendarlo porque las correcciones desaparecen y, a cada corrección, el relato responde con una narración distinta. Así que, dándose por vencido, decide entregar el texto tal cual a su editor. Los dos textos: el alterado del suicida y el alternativo de la expedicionaria irlandesa.

Para su asombro, son bien acogidos. Es felicitado por su editor; que los encuentra enormemente sugestivos, alabándole su técnica narrativa, tan alejada de su habitual linealidad. Se vende bien su libro, que reúne ambos relatos, bastante mejor que sus precedentes. Desahogo económico, al fin.

Y así la vida.

 

 

 

 

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LAS CUATRO Y MEDIA.

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Piergiorgio Branzi

Chronos salió del charco, se secó los pies con las hojas de un calendario atrasado y se quedó mirando al crío que no le quitaba ojo.

_ Mira, te voy a dar una hora para que la lleves siempre contigo.

Y es así que desde entonces fue con su tiempo a cuestas. No sólo con el suyo, sino con el tiempo ajeno de aquello y aquellos con los que tuvo relación; el que cercenó a los árboles que taló y el que le prestaron aquellos en los que se apoyó, el  tiempo perenne de las cosas que poseyó y compartió, el de las personas que amó y odió, el compartido con  los animales que cuidó y el arrebatado a los que cazó.

Apenas lo dejaba reposar unos instantes sobre el suelo para volver a cargarlo otra vez sobre la espalda, paulatinamente más encorvada. En las noches, su hora le velaba  el sueño en permanente vigilia, suspendida en la pared hasta el amanecer. Era despuntar el sol y ya el reloj, indefectiblemente, le caía encima; sin hacer mucho ruido, eso sí, y sin lastimarlo casi nunca, para que lo acarreara otro día más.

Cuando los días pasados trasegando con su reloj le combaron la espalda hasta ya no poder separar el tronco más allá de una cuarta del suelo, decidió que ya era suficiente. Se acostó y no se levantó al amanecer, cuando la hora se le venía siempre encima. Le retiraron el reloj y lo volvieron a colgar en la pared. Un reloj parado, con la insistencia de los despertadores que no conseguimos apagar.

Los suyos sesteaban, mientras él se dejaba arrullar por el canto del ruiseñor. El reloj descendió de nuevo para dejarse caer a su costado y no encima, como de costumbre. El ruiseñor no había acabado su canto, cuando dieron las cuatro y media. A esa hora, Chronos había vuelto a caer en un charco y se secaba los pies.

Su hija depositó la merienda sobre la mesilla, espantó al ruiseñor del alféizar, cerró la ventana, zarandeó a su padre, le tomó el pulso, colocó un espejo bajo su nariz y le besó largamente los párpados cerrados, acariciándole el pelo ralo. Se apresuró en regresar a la cocina con el reloj en las manos. Fue arrojado a la basura entero, ya que no pudieron despiezarlo o romperlo. Un pobre lo recogió y lo colgó en su chabola.

Anda quejándose de que el reloj se le cae encima a deshora y que las cuatro y media son muy pesadas cuando se le suben a la chepa.

 

 

 

 

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