TRAVESÍA

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Edouard Boubat

Terminadas las avellanas, le invadió un terrible sopor. Había madrugado como cada día para ir a la escuela. Contemplando el vapor que navegaba en la botella de la casa de sus abuelos, le dio por imaginar los viajes que haría en un barco parecido, tan pronto fuera mayor. A sus ojos cerrados se le ofrecían varias posibilidades. En eso estaba, imaginando futuras travesías, cuando le venció el sueño. Se durmió así, mecida por las olas, con el rumor del agua que rompía contra el casco de acero. Las gaviotas le sobrevolaron con sus gritos y el sol le hirió los ojos. El olor a yodo y a sal la reconfortaron. En cubierta, había ya quien divisaba la costa. Ella no conocía la ciudad de destino de la inminente escala. Nadie en cubierta le supo decir tampoco. Le comentaron que cada escala era una sorpresa, que por no saber ni siquiera se sabía el destino final del viaje que todos habían emprendido con gran ilusión, pero que lo preferían así. Les gustaba esa incertidumbre. Cada escala era una sorpresa y siempre aguardaban ciudades desconocidas, puertos ignotos habitados por gente hospitalaria u hostil. Tanto, en algunos casos, que no se pudo atracar el barco y hubo que reemprender el viaje antes de que lo asaltaran, en medio de cañonazos y bolas de fuego. Imposible carbonear. Por el contrario, no fueron pocos los puertos donde se echó el ancla por varios días. Se dejaron agasajar por la hospitalidad de los nativos y se sentaron a su mesa; compartieron su pan y bebieron su vino. Participaron en sus danzas y durmieron en sus camas. Cada puerto les aguardaba con su imprevisibilidad. Buscó a sus padres por la cubierta, pero no los encontró. Le dijeron que había subido sola en el último puerto en el que se detuvieron. No por ello sintió miedo, se sentía segura entre todos aquellos extraños que la cuidaban y procuraban que nunca estuviera sola. Incluso se había hecho algo amiga de otra niña en su misma situación. Era muy guapa y siempre se le ocurría algo a lo que jugar. Allí estaba con ella, contemplando como se acercaban las cúpulas de esa desconocida ciudad, resplandecían bajo el sol con destellos dorados que los deslumbraban. De pronto, el barco basculó. Las fuertes sacudidas los arrastraron a todos de babor a estribor y viceversa. Gritos, golpes, caídas, inestabilidad. El maremoto los sacudió bien antes de que llegaran a puerto. Pero allí estaban casi todos, esperándolos con cara de preocupación. Alcanzó todavía a ver las losas  de las calles que subían desde el puerto, las casas blancas de los pescadores. Hasta ella llegaba el olor a sardinas asadas.

__ Pensé que ya no te despertabas, hija.  Hubo un temblor, y  tú como si nada. Tienes el sueño tan pesado que se te tragará la tierra dormida. Hemos asado sardinas. Ya están todos en el puerto. ¡Mira cómo vas! Si parece que te has arrastrado por el suelo y que no te has peinado nunca. ¿Dónde te habrás mojado? Arréglate, anda. ¡Vámonos al S.Juan!

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URBANO LUGRÍS

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Cuarto

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La musa del pescador

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Reflejo ilusionado de un amigo

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Sirena alada

El pintor construía arquitecturas submarinas habitadas por sirenas aladas que se asoman a la superficie para abrazar veleros. Las serpientes de mar, no menos aladas, se abalanzan sobre los navíos indefensos, pese a sus cañones. Madre e hijo se instalan en el seno del tronco de un árbol, mientras huyen a Egipto. Una campana de cristal cobija las razones y las sinrazones tornándolas transparentes, en permanente exposición, en algún lugar privilegiado del gabinete de un viejo marinero; proliferación de objetos náuticos que remiten a una vida entregada a las olas. Las ciudades se tornan claras, volumétricas, reducidas a sus edificios más emblemáticos, dibujando un horizonte de perfiles definidos. Los mapas de otro tiempo tienen ciudades en miniatura. Las romerías de antaño ofrecen detalles minuciosos. Las señoritas con su polisón decimonónico se asoman a balcones de estabilidad imposible. Los ojos se nos llenan del azul de un pedio sumergido, o se quedan prendidos en los contornos de los edificios de una costa cuando, sumidos en la noche, se vuelven incluso más precisos, más amenazantes. O bien, la luz divina se abre paso entre las nubes para proyectarse sobre un paisaje metafísico. Una  ballena es un barco que sostiene sentado sobre su chorro al capitán que otea el horizonte con un catalejo. Los caballitos de mar habitan en bolas de cristal. Las botellas que llegan a la playa no traen mensajes, sino que se rellenan con algún lobo de mar que gusta de fumar en pipa y de gastar patillas, que no suele ser muy hablador, pero que tampoco quiere dejar lugar a dudas. La Virgen María es una gallega vestida con traje de gala para una fiesta. S. Telmo, ante una ermita en lo alto de un acantilado, nos mira y nos enseña lo que lleva  en sus manos; un velero, pequeño exvoto que hay que ofrecer al mar. Mientras la belleza indiferente contempla el principio y el fin, la musa del pescador le inspira para encontrar peces, lo contempla ensimismada porque está viendo el sueño ilusionado del amigo.

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Paisaje metafísico

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Romería gallega, 1830

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La Virgen del Cristal

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Serpiente de mar

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La república de Esmirna.

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Marinero en botella

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S.Telmo

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Principio y Fin

Para conocer un poco a este paisano mío:

https://republicaesmirna.wordpress.com/2008/03/20/urbano-lugris-un-surrealista-gallego/

Si alguno de ustedes tiene ocasión de pasarse por La Coruña, actualmente tiene lugar una exposición a él dedicada, con motivo de la restauración de uno de sus murales que decoraba las paredes de un conocido café de la ciudad. La exposición estará hasta el 3 de septiembre.

https://www.afundacion.org/es/agenda/evento/exposicion_lugris

“Mis imágenes proceden del subconsciente, pero sometidas a una técnica rigurosa”.

«Pinto en gallego, razón por la cual no puedo ser realista».

 

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VENTANA

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Edward Hopper

Se avecina una tormenta, se ha levantado viento. Se ha levantado la vecina, se avecina un tormento.

Así noche tras noche, sólo cambian las circunstancias meteorológicas.  La misma habitación, la misma mujer que la recorre y la misma hora que la enciende.

Ella nunca echa las persianas, él nunca descorre las cortinas. Primero enciende la luz, luego se viste, más o menos apresuradamente. Finalmente, se calza. Después, las sombras recuperan su espacio.

La luz no se ha apagado todavía cuando se precipita escaleras abajo, sin paciencia para esperar el ascensor. Con el corazón en la boca, espera llegar a tiempo, tal vez todavía alcance.

Frente al portal,  ella lo está esperando.

_ Hoy casi te me has adelantado.

La oscuridad ya se los ha tragado. La habitación sigue apagada.

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MIRLO

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Ulisse Bezzi

Venía a posarse cada tarde en el quicio de la ventana. Las contraventanas abiertas y el aire caliente a la hora de la siesta. Se quedaba observándola durante un rato para luego entonar su canto aflautado y grave hasta que la despertaba. Cuando se incorporaba, con la boca pastosa del sueño del mediodía, era el momento de girar la cabeza y alzar el vuelo.

La dejaba abierta adrede. No tenía ningún sentido no echar los postigos a aquellas horas. Pero la enternecía vislumbrarlo entre las legañas del sueño. Sus trinos eran un agradable despertador, no quería prescindir de su serenata. Sudorosa, se levantaba. El ánimo mejor dispuesto ya, casi conforme con su destino. Durante ese verano, su canto fue el bálsamo de sus días. Tan necesarias se hicieron las siestas que se forzaba a dormir aun sin sueño, ya que si no la encontraba dormida no acudía.

Esa tarde, al venir del baño, tras vestirse, se lo encontró posado todavía en el quicio de la ventana. Esta vez no había alzado el  vuelo. Retándola con la mirada, no se sorprendió realmente al hallarlo escrutándola en las sombras de la habitación. Se apoyó en la pared, desafiándolo a que se acercara.

Al mirlo lo encontró la noche encaramado a una mujer.  Anidó en su boca y en ella incubó cantos que despertaron todos los ruidos del bosque y encendieron todas las luces del pueblo. El amanecer los ignoró. Cesaron los cantos y aprendieron a guardar silencio para no despertar al sol. Para cuando albeó en el dormitorio, sus gargantas ya estaban lejos.

 

 

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CAMINANTE

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Regina De Luise

Siempre caminaba inclinada hacia adelante. Aunque el viento más intenso soplase en contra, oponiendo gran resistencia a su avance, ella jamás perdía su ángulo de inclinación. Desafiando las más elementales leyes de la gravedad y de la comodidad, ella insistía en su avance inclinado. Y si el viento soplaba a su espalda resistía a su empuje con idéntico tesón. Si de costado, se balanceaba imperceptiblemente hacia el lado opuesto, pero sin abandonar jamás su inclinación natural.

Para ella era lo normal, así que nunca se quejó de tan trabajoso avance. Cuando llegaba a un punto fijo, adquiría una posición perfectamente vertical. Incluso lo habitual era que se sentara erguida, pero su cabeza siempre llegaba antes a todas partes. Nosotros también nos habituamos a su peculiar caminar. Cuando lo hacías a su lado, charlando, siempre volteaba la cabeza para mirarte desde algo más abajo, alzando sus bonitos ojos desde un poco más adelante. Corriendo, su inclinación era la misma. Gustaba, a veces, de caminar hacia atrás, con su cuerpo adelantado  en sentido contrario, para subrayar su anomalía y hacernos reír. Y de lejos se la veía venir, aunque una multitud estorbase su paso y a nosotros su visión.

Imperceptiblemente, comenzó a caminar cada vez más enhiesta. Nos fuimos dando cuenta poco a poco de que sus andares iban adquiriendo una común y anodina verticalidad. Nadie sabría precisar en qué momento exacto comenzó a ocurrir, pero resultaba cada vez más evidente.

Ella nos dijo que comenzó a sentir una fuerza que la tironeaba hacia atrás a la altura de sus hombros y bajo las axilas. El médico le recetaba calmantes para atenuar el dolor, pero éste era constante, se convirtió en algo crónico y cotidiano que le privaba del placer del paseo y a nosotros del insólito y habitual espectáculo de sus andares. Sus salidas se convirtieron en esporádicas y obligatorias, cada vez más raras. Comenzó a salir tan sólo por razones ineludibles. Se sacó el carnet de conducir y comenzó a desplazarse sólo en coche, incluso para cubrir las distancias más cortas; los escasos metros que separaban su casa de la panadería o de la farmacia de la esquina.

Se volvió sedentaria y ganó peso. Sus desplazamientos se volvieron no ya sólo dolorosos, sino cada vez más torpes. La adquisición de unos andares verticales fue un proceso largo que le dejó para siempre un dolor lacerante e intermitente que nunca llegó a desaparecer del todo. Los ocasionales tirones en los hombros le recordaban la prohibición de volver a adoptar una posición inclinada en la rutina de sus breves idas y venidas. Privadas de su singularidad, éstas se volvieron pragmáticas y finalistas, nada de deambular sin rumbo absorta en sus pensamientos. Y su aparición en nuestras calles, con el paso de los años, pasaba totalmente inadvertida.

Dicen los que  lo presenciaron aquel día que comenzó a elevarse lentamente; un pesado cuerpo ingrávido que comenzó a flotar por encima de todas las cabezas, de todos los árboles, de todos los tejados, hasta ocultarse tras las nubes. Lo hizo curvando su torso hacia atrás, hasta casi tocar los talones con su cabeza. Y su ausencia se dejó sentir en nuestras calles, por las que todos comenzamos a caminar inclinados hacia delante como un homenaje a la ausente o hacia atrás, alzando la cabeza hacia el cielo y esperando verla reaparecer entre un mar de nubes, como un milagro.

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LA CARTA

 

 

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Christian  Coigny

Los desechos del amor se aglutinan sobre la mesa; los gurruños de papel y el retrato desgarrado del ídolo caído. Se recomponen los pedazos, como intentando reconstruir lo que está roto, como rehaciendo la imagen quebrada del destinatario del resentimiento para mejor inspirar los reproches. En formato papel se escribe mejor la rabia, aunque las palabras más a propósito no acudan al llamado, aunque las manos obedientes no las sepan recoger, aunque se despeñen por atajos imprevistos al abismo de las emociones ágrafas. ¿Y si no deseara realmente esa ruptura? ¿Y si la andanada de recriminaciones  no sale porque no se desea realmente ese desprendimiento de una parte de uno mismo? ¿Y si quisiera perdonar a pesar de todo? ¿Y si su amor propio habla cada vez más bajito y por ello no es capaz de transcribir sus apagados y desfallecientes susurros? ¿Por qué si no tantos intentos fallidos, si bastan apenas esas dos líneas o poco más para cumplir su cometido?

Muy a su pesar, debe detenerse, adoptar una pose elegante y reflexiva en consonancia con su aspecto y el estado de su espíritu. Definitivamente, se estaba dejando llevar por un impulso. Y ya se sabe; actuando de esa forma podemos acabar arrepintiéndonos de nuestros actos. Están los agravios y la traición, pero también el sentimiento con su obstinación inoportuna dando gritos para hacerse oír. El mismo que le hizo recomponer la foto fragmentada y que trae en los bolsillos un amasijo de dudas. En realidad, nunca llegó a irse, amenazado por una posible expulsión, clama por mantener su sitio.

Y ahí está. En esa encrucijada decisiva; entre seguir el dictado de su orgullo herido y afónico o  abandonar la redacción de  borradores de un impostado desamor. Pasar por alto las afrentas u obviar el pánico a la pérdida definitiva y seguir escribiendo.

Lo más probable es que aplace la decisión. Sí, el aplazamiento es la salida fácil ante cualquier dilema y encamina siempre a una cobarde inacción. Todo continuará ensombrecido por la desconfianza y la decepción, pero fortalecido por una vocación de continuidad a prueba de toda falla. O por qué no imaginar un solitario sobre cerrado depositado sobre la mesa, aguardando al destinatario de tanto despecho.

Silenciemos los clamores de su entraña, démosle un final justo al instante capturado, a la altura de nuestras expectativas, sean las que sean, y confiemos en que la protagonista no las desmienta.

 

 

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PÁJAROS

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Aëla Labbé

Los pájaros aletean en mi mano.

Los escucho batirse en mi puño.

Los estrujo en vano.

Los siento picoteándome la palma,

bocados de milano.

Los acaricio con mi aliento.

Los sano.

Los libero extendiendo los dedos

y, henchidos de camino,

emprenden el vuelo.

Los ecos de su trino

retenidos en la bóveda de piel.

Enmudecidas, las líneas de la mano

buscan pájaros para que se posen en el destino.

 

 

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