FUENTE-ÁLAMO

 

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Plaza de la Constitución

Martes, 12 de septiembre, la Junta de Educación, Cultura y Deportes de Castilla-La Mancha acaba de asignar destinos para cubrir interinidades; suplencias y sustituciones de profesores en institutos y centros de formación profesional, particularmente numerosas a comienzos de curso y que todos los profesores sin plaza fija esperan como agua de mayo, aunque caiga en septiembre.

Yo no, no la espero con ansiedad. No porque no necesite trabajar o porque me disguste mi trabajo, pero lo cierto es que el último curso lejos de mi casa fue particularmente penoso para mí; el ambiente de trabajo, el alumnado, las circunstancias desagradables que empañaron la convivencia en alguno de los alojamientos pasajeros que tuve a mal escoger. Hasta la climatología fue extremadamente dura: un invierno que parecía no terminar nunca y que acabó en pleno mes de junio. El verano junto a los amigos de toda la vida y al mar de mi ciudad pasó rápido, muy rápido. Presintiendo que iba a ser así, hice particular hincapié en disfrutarlo todo lo que pude. Creo que lo conseguí en varias ocasiones, sobre todo en las que no puse empeño, tal y como suele suceder casi siempre.

No acababa yo de dar el último bocado al almuerzo, cuando recibo una notificación en mi móvil confirmándome lo que tanto me temía: se me había adjudicado una plaza en Fuente-Álamo, provincia de Albacete. Buscar en el mapa de España, ubicar destino: casi en la provincia de Murcia, casi a mil kilómetros de casa. El ayuntamiento tiene página web. Allí, junto a los anuncios oficiales, el programa de las inminentes fiestas patronales y actividades de ocio organizadas por el ayuntamiento, se ofrece información sobre la línea de transporte regular que comunica el pueblo con la capital: Albacete, información importante para una persona que, como yo, no posee coche. Casi imposible salir de allí: un único autobús sale a las 7.15h del pueblo con destino Albacete y regresa a las 15.00h, inexistente los fines de semana. Con esta expectativa de destino, ganas dan de renunciar a la plaza. La ansiedad y la premura de los preparativos ante la inminente incorporación, imaginar el aislamiento en un remoto pueblo de la estepa castellana, un agujero en plena Mancha, me acongoja el ánimo. Noches de mal dormir. El futuro imaginado impide el descanso. La profesión elegida se percibe como un error que obliga a una itinerancia indeseable.

8.15h de un domingo. Doce horas después arribo a Albacete. En plenas ferias, difícil encontrar un alojamiento. El taxi me cobra una barbaridad desde la estación de tren hasta mi alojamiento. Aterrizo en un hostal de carretera, a casi diez kilómetros de la ciudad. Esto no comienza bien, me digo.

En una gasolinera me esperan dos de mis futuros compañeros para llevarme en coche hasta mi lugar de trabajo. Carretera comarcal de doble sentido. Recta, pero envuelta en una densa niebla. Casi cincuenta minutos de viaje. Casi sesenta kilómetros de distancia. Un coche detenido en el arcén. Abolladuras provocadas por un jabalí imprudente que atravesó la carretera sin mirar.

Trámites administrativos ineludibles. Primera toma de contacto con los alumnos, con los compañeros. En su mayor parte viven en Albacete y se turnan para conducir y poner el coche durante la semana. Casi dos horas diarias: ida y vuelta. Nuevas responsabilidades y cordialidad, amabilidad y acogida cariñosa. La impresión que me causa el entorno humano no puede ser mejor. Una compañera se ofrece a ayudarme a buscar alojamiento y me invita a comer a su casa. Tres casas me tocará visitar esa tarde. Otras serán tanteadas en los sucesivos días. Todas ellas enormes para una sola persona y sin calefacción para ayudar a pasar un invierno que se perfila tan duro como el verano tórrido que no se quiere ir.

Fuente- Álamo es un viaje al pasado. A un pasado que se cree superado, pero que persiste en lo más recóndito de la geografía española.

El edificio del ayuntamiento y una iglesia con escalinata, espadaña y semicúpula en el altar presiden la plaza central, punto de encuentro insoslayable. A esas horas del mediodía casi desierta, pero muy animada a partir de las cinco o seis de la tarde. Pasada la obligada hora de la siesta, cuando el calor arrecia, los vecinos comienzan a transitarla. Las terrazas de los cafés y bares comienzan a llenarse. Los niños corretean y juegan, muchos de ellos, alumnos míos con los que me tropezaré por doquier. Unos cuantos árboles se esfuerzan en dar algo de sombra a los bancos de los márgenes. He visto pocos álamos, los que hay los ha plantado la municipalidad. Árboles de ribera, no hay aquí río alguno al que se puedan acoger. Aunque el pueblo debe su nombre, al parecer, a uno que crecía junto a una fuente, ya que la zona es área en donde proliferan los acuíferos. Los chorros luminosos de una pequeña fuente ornamental se ponen en funcionamiento de seis de la tarde a once de la noche, proporcionando a la plaza un rumor acuático. Ilusión de inexistentes frescores.

Es un pueblo pequeño. En plena vendimia, los tractores de la cooperativa van y vienen en un frenesí de actividad. Las moscas no dan tregua. Casas que cuelgan eternamente un letrero de SE VENDE. El paisaje amarillo, reverbera con las últimas luces de la tarde. El aire es espeso, inmóvil, perezoso y sofocante.

Un consultorio médico, una casa de la cultura, un autoservicio y un supermercado, una farmacia con rebotica, donde -al parecer- se organizan tertulias, dos bazares: el de “el moro” y el de la Pascuala (el Corte Inglés de Fuente-Álamo) y dos hostales; uno de ellos, el de la Encarna, con servicio de restaurant completan la oferta de servicios que ofrece el pueblo.

Los más mayores sacan las sillas a la calle al caer el sol. Ahí, a la fresca, yo sé que me he incorporado ya a sus tertulias porque soy novedad y todavía no se han habituado a verme pasar. “¿Tú de qué familia eres?”, me preguntan, y no poderme “ubicar” les provoca cierto desconcierto.

Creo que el destino no obra arbitrariamente. Lo que se percibe como adverso puede esconder un tesoro de alegrías, de pequeñas satisfacciones cotidianas que nos reconfortan y nos reconcilian con el mundo. Y lo que parece culminar nuestros deseos y aspiraciones puede encerrar arrobas de decepciones. Así pues, las gentes de Fuente-Álamo con su acogida cariñosa y hospitalaria me están ayudando a paliar el disgusto causado por una tan indeseable adjudicación. Me invitan a comer, al aperitivo, al club de senderismo, me besan, me abrazan y me arropan. Todo es calidez, no se puede pedir más. Sin embargo, el horizonte es escueto en este pueblo. Me falta un poco de anonimato.

Por aquí iré narrando, de vez en cuando, mis aventuras y desventuras. Instalada ya en una vivienda más que digna, iré trazando un esbozo de sus personajes, los egregios y los comunes, de mis alumnos y de mis cuitas profesorales. No hay drama, pues. Todo sucede por algo. Eso dicen.

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Acerca de cariacontecida

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