ÚLTIMO VIAJE.(Campania)

La Campania espera. Nápoles espera. El Tirreno espera. Esperan desde Il Risorgimento  una prosperidad que nunca llega, que no ha sabido ir más allá de Roma, e incluso allí se ha movido con dificultades. Luego no ha salido ningún tren que la acercara al sur.

Desde los oscos, infinidad de pueblos la apetecieron y ocuparon: griegos, romanos, bizantinos, lombardos, normandos, aragoneses, franceses, españoles, austríacos y piamonteses. Su excelente posición geográfica,  su ubérrima tierra, la hicieron codiciada por todos. De su antigua prosperidad quedan sólo vestigios, en forma de concurridos emplazamientos arqueológicos y magníficos monumentos más o menos bien conservados.

La región es de una belleza apabullante. Un desafío al hombre, que acabó por asentarse en sus abruptos farallones. Ahí, trepando sobre las faldas de la montaña, se despliega Amalfi. Fue la más antigua de las Repúblicas Marítimas que comerciaba con Egipto, Siria y Bizancio, cuando Venecia no era más que un esbozo de la potencia que llegaría a ser.

Tanta gloria pasada para este presente de olvido. Nápoles está sucia y la basura se acumula en pequeñas montañas, alguna de las cuales no tardará en alcanzar la altura del Vesubio. Hay calles que no han sido barridas desde su última erupción, por lo menos. De hecho, se encontrará  una escoba de retama, semioculta en un entrante de los muros de las casas, para que cada vecino limpie su pedacito de calle. Los altares aparecen por doquier; casi siempre al doblar una esquina, dedicados a todos los santos y vírgenes imaginables, sin que puedan faltar los inevitables Padre Pío y San Gennaro. Y la molicie campa a sus anchas, se pasea sin vergüenza por las calles; los numerosos vagabundos que duermen apostados cada noche a la entrada de la Estación Central en Piazza Garibaldi ponen de manifiesto lo precario de unas políticas sociales que no alcanzan a todos, clave del arraigo de prácticas mafiosas que desde siempre supieron paliar la ausencia del Estado. Pero Nápoles sigue siendo siempre una invitación a la vida.  Como siempre también,  sus calles, de decrépitos palacios, continúan estando  entoldadas  por pulcras y exhaustivas coladas. El napolitano es de suyo un dialecto cantarín del que han brotado grandes voces; algunas bien conocidas, otras -no menos grandes- anónimas. Sobrecogedora, la emotividad de una plegaria espontánea entonada por un muchacho a ritmo de tarantela ante la estatua de San Gennaro.

El Vesubio, que no acaba de dormirse, cobija a sus gentes bajo sus faldas y ello imprime carácter — buen carácter diría yo — , porque de todos los italianos que he conocido los de esta región me han parecido los más amables, hospitalarios, alegres y solícitos. Diríanse habituados a convivir con la sempiterna amenaza de la muerte, bajo la forma de erupción volcánica o de violencia organizada y desorganizada. De su desamparo parece haber nacido su consciente o inconsciente necesidad de disfrutar. «Carpe diem, quam minimum credula postero», aprovecha el día y no confíes en el mañana, que decía Horacio, y que todo buen napolitano debe tener como axioma.

Mejor sería visitar la región en temporada baja, cuando se hayan retirado las multitudes foráneas, cuando el calor haya cedido a las primeras embestidas del Gregal. El otoño  es la estación que más se acomoda para recorrerla con tranquilidad, sin colas, sin apreturas, devuelta a su cotidianeidad de otro tiempo, sincronía de posguerra en pleno siglo XXI: mujeres que arrojan  por el balcón el agua de regar las plantas al terminar (no sin antes avisar, eso sí), familias enteras que viajan en una sola moto… Todavía se pueden contemplar estampas que parecen sacadas de un film neorrealista o acaso surrealista. La Campania espera el retorno de la prosperidad que emigró hace muchos años y una mirada detenida que la premura turística le escamotea. Una epifanía.

 

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