METAMORFOSIS

Large_DSC_0408-3

Alicja Brodowicz.

La vida la llenó de arrugas y de un humus oloroso que se le fue acumulando en los pliegues. Comenzó por sentir leves cosquilleos en las muñecas. Eran como unas caricias internas que le hacía la sangre, que por momentos sentía circular vigorosa por sus extremidades, hecho insólito que ni en su juventud había percibido. Si se quedaba inmóvil en la cama, en el silencio de la noche, podía escuchar su movimiento en las venas  y el tenue canturreo de sus borbotones cuando llegaba al corazón. Así podía estarse horas, hasta que se quedaba dormida, mecida por el rumor de su circulación sanguínea.

Una sustancia negruzca y terrosa se fue depositando en los surcos de su piel, siendo imposible desprenderla, por más que se lavara y empleara los más diversos productos químicos o naturales. Nada sirvió. Su cuerpo y su cara se llenaron de trazos negros. Líneas que la tachaban y ensuciaban. Avergonzada, dejó de salir a la calle. Escondiéndose de las visitas, les suplicaba a sus hijos y nietos que la excusaran ante las amistades, que comenzaron a dejar de visitarla al concluir que los rehusaba. Unas hojas comenzaron a brotarle de las manos.

 

La abuela no nos dejó, como lo hicieron los abuelos y la otra abuela –como lo hacemos todos tarde o temprano, muriéndonos y ya–  ella no, siempre fue rara hasta para eso. Recuerdo sus últimos días; la carne iba desapareciendo a trozos, una gruesa corteza iba invadiéndola poco a poco, tronco y extremidades cubiertas de un espeso follaje verde. Yo barría cada tarde  las hojas que se cayeron entrado el otoño.

Llegado enero, ordenó a mi padre que la plantara en el jardín de la entrada. Fueron sus últimas palabras, musitadas en una suerte de crujido. Todavía conservaba algo de los pies entre las raíces, que no quería que se secaran, cuando mi padre se dispuso a cavar la tierra endurecida por la escarcha. Los ojos casi habían desaparecido entre pliegues leñosos, pero todavía continuaron mirándonos hasta las primeras nieves, luego se cerraron definitivamente, hundidos en  la corteza. La conversión vegetal se completó así en pleno invierno. No quedó rastro de la humanidad original de la abuela. Las rigurosas heladas robustecieron su nueva naturaleza. Sus preciosas flores blancas, que acababan por tapizar  el jardín a comienzos de marzo, anunciaban puntuales la llegada inminente de la primavera y los días largos. Durante el verano, su sombra cobijaba siestas y comidas en familia. Cuando éste apuntaba a su fin, le arrancábamos una buena cantidad de almendras -algo amargas, cierto es-  con las que mi madre elaboraba un aceite esencial y unas tartas y pastelillos deliciosos que yo devoraba con fruición en un alarde de cariñosa antropofagia a la que nos entregábamos toda la familia.

Me comenta mi hermano que la abuela ha comenzado a secarse. Nadie se ocupa de ella desde hace tiempo. Antes pagábamos a Arturo para que la podara de vez en cuando, pero Arturo murió,  el pueblo se ha ido quedando vacío, y cada vez resultó más difícil encontrar a alguien que le cortara las ramas secas con la debida regularidad estacional. Ya sólo quedan viejos, como nosotros, que ya no están para muchas podas. Los veraneos a su sombra se fueron acortando cada vez más. La casa, difícil de mantener, se ha deteriorado.

Antes de vender la finca, mi hermano y yo hemos decidido hacer talar el almendro. Ningún extraño hará leña de nuestra abuela.

 

Anuncio publicitario

Acerca de cariacontecida

Buscando un lugar de expresión.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a METAMORFOSIS

  1. Me encantó.
    Abrazo de luz.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s