DOMINGO

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Vicente Nieto

Salíamos de la iglesia, Teresita con su vestido de organdí, Gertru con sus trenzas perfectas y simétricas rematadas con dos contundentes lazos blancos. A mí no me gustaba ese empeño de mi madre en almidonarme las enaguas cuando iba a misa, pero estaba contenta, me habían regalado una cámara de fotos porque acababa de cumplir años y mis notas en el colegio habían sido buenas. Privilegiada y envidiada por tal artefacto, les propuse que posaran endomingadas para mí.

Esa foto no salió en el revelado del carrete, tal y como comprobé meses más tarde, cuando mi padre regresó con las fotos metidas en un sobre que rezaba: «Aureliano López, fotógrafo. Eventos, retratos, bodas, bautizos y comuniones».  Algo decepcionada por la ausencia del retrato de mis amigas, eché en falta otras dos fotos más, pero la que más lamenté que se perdiera fue la de ese domingo. Porque Teresita murió muy pronto. La muerte, bajo la forma de un cáncer devastador, me la arrebató en plena juventud. Cuando supe de lo irreversible de su estado, iba con frecuencia a pasar las tardes con ella siempre que podía, incluso me quedaba a cenar y a dormir en su casa. Así fue durante todo un verano, hasta que tuve que regresar a Salamanca porque el curso se reiniciaba. Me acuciaba un cierto remordimiento por dejarla así. Sabía bien que tal vez no regresaría a tiempo para estar con ella mientras aún estuviera viva. Y así fue, meses después, recién estrenado un luminoso mes de abril, el teléfono sonó. Teresita se había ido esa misma mañana. Apenas llegué a verla entre lutos y flores dentro de un ataúd claro. Sus mejillas adelgazadas, sus labios azules que besé antes de que cerraran el ataúd. Era un día espléndido de primavera. Los pájaros cantaban alegres en el cementerio.

A Gertru, en cambio, me la arrebató la vida. Otro país,  trabajos que se fueron sucediendo, matrimonios, hijos, nietos… Toda la concatenación de circunstancias que sirven para alejarnos de lo más significativo en nuestras vidas; el tiempo, al fin y al cabo. Recién acabo de reencontrarla en el Facebook, a través de su hija. Difícil recuperar el tiempo perdido. Nos estamos poniendo al día, rastreando la niña que fuimos que poco a poco se va asomando por detrás de los años.

Hace pocos meses, durante unas vacaciones, visité una exposición de fotografía. Imágenes de otras épocas, de lugares y gentes de mi ciudad.  Me reconocí tras la cámara fotográfica que me habían regalado mis padres. Reconocí de espaldas a mis amigas de la infancia: el vestido de organdí de Teresita y las inconfundibles trenzas de Gertru. Tras el vuelco del corazón, tuve que sentarme en un rincón de la sala, antes de que se me saliera por la boca. La fotografía fuera ya del alcance de mi vista provocó el llanto incontenible que me nubló los ojos y desató las atenciones solícitas del encargado de la sala. Toda mi niñez me asaltó de golpe. Aquella mañana de domingo regresaba en todos sus detalles. Explicada la causa de mi estado, pude hablar con los organizadores de la exposición que me enviaron una copia de la fotografía. Hoy acabo de recibir la que yo saqué y nunca se reveló. La compartiré con Gertru.

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