DANZARINA

Alexander Grinberg 097

Alexander Grimberg

A cada salto apartaba la tristeza. Tensaba los músculos y se impulsaba: el vacío entre los pies y el mundo. Pero si la danza la precipitaba a la alegría, se impulsaba más alto e introducía su mano en la nube en donde  guardaba la melancolía. La bajaba con delicadeza, con el temor constante de que se deshiciera su trama de agua. Se envolvía en ella antes de llover. Y la tierra caliente -al absorverla- humeaba,  concediéndole unos perfiles imprecisos que se mantenían trémulos y transparentes antes de evaporarse. En acumulación de constante precipitación, se  deslizaba por las pendientes y las calles; y mojaba los cristales y las caras, las piedras y la retama, la ciudad y la hiedra, los pies y las bocas, los tejados de zinc y las torres de la catedral,  las multitudes y  los transeúntes solitarios, los pensamientos y las palabras. Mojaba las risas y dulcificaba los llantos más salobres. Limpiaba vidas enteras, mientras se filtraba por las rendijas de los corazones.

Cada vez más desnuda, su manto de nube acababa siempre por deshacerse, inexorablemente, y su cuerpo la reencontraba siempre en medio de la noche. La retomaba tras el chaparrón precipitado e intenso. Le devolvía el frío, el temblor, el estremecimiento de la madrugada. La depositaba en su cama, la arropaba en fatiga, le traía el sueño y le secaba una última lágrima danzarina.

 

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