SUERTE

 

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Alberto García-Alix

Cuando Lourdes abrió su correo leyó con claridad el mensaje: “Soy tu suerte. Quedamos  debajo de tu casa, en el bar,  para ajustar cuentas. Mañana, a las tres. Te invito a un café. Si faltas, no tendrás ocasión de volver a verme”. “Como si te hubieras dejado ver mucho durante los últimos años”, pensó, mientras repasaba de una tacada la que había sido su vida desde que era niña. La dirección de correo era la suya. Como si se hubiera enviado un correo a sí misma. Desconcertada, pero decidida, se auto respondió: “Allí estaré”.

Tras el consabido insomnio, amaneció un día como otro cualquiera, con sus rutinas, con sus obligaciones. No comió. Los nervios siempre le habían atenazado el estómago. Una hora antes, ya estaba abajo. Casi nunca pisaba el local.  Habría entrado con ésta unas cuatro veces. Eso sí, siempre saludaba al dueño, si lo encontraba fuera. El que estuviera en su mismo inmueble desalentaba las visitas; era como no salir de casa, así que casi siempre pasaba de largo. Se sentó frente a la puerta, de espaldas a los baños. Se pidió un whisky para darse ánimos. Pidió el mejor que se le vino a la cabeza, sin hielo. Consultando el móvil para intentar distraerse, esperó. Cuando faltaban cinco minutos para las tres de la tarde, se vio a sí misma empujando la puerta, vestida como jamás se le hubiera ocurrido vestirse; un vestido de licra negro que revelaba inmisericorde toda su anatomía, un cinturón de lentejuelas, un escote generoso con efecto push up, una cazadora a juego con un bolso y unas botas peludas de plataforma en estampado de leopardo. La insólita estampa de sí misma se completaba con un falso pircieng en la nariz; unos aros en los lóbulos de las orejas del tamaño de pulseras, maquillaje multicolor, un tatuaje con forma de huellas de gato en el lado izquierdo del cuello, pulseras innumerables, bolso de polipiel, tupé y tinte negro para el pelo.

Fascinada por esta imagen, la invitó a sentarse. Su suerte venía mascando chicle. Pidió un whisky, como ella, pero el suyo más barato. Observó la cara de estupefacción del camarero, alternando miradas a una y a otra mientras traía la comanda. Se sentía decepcionada, aunque –pensándolo bien– su aspecto era bien congruente con su comportamiento durante tantos años.

Minutos después, tuvo la certeza de que el mensaje se lo habían escrito. No llegó a descifrar qué era lo que quería de ella. Tras frases ininteligibles, (apenas farfulladas entre mascada y mascada al chicle, de las que sólo recogió algún sonido y palabra suelta del tipo: “acais”, “amonooh”, “hhhajó”, “garbelloh”, “ira”, “illa”, “damun”, “aves”?, “acho loca”, “enga”, y poco más) abandonó el local, no sin antes dejar sobre la mesa el importe de las dos consumiciones,  incluyendo una generosa propina. El dueño salió a la puerta, cuando ya se alejaba, para recriminarle su desconsideración al dejarle ese enorme charco de sangre sobre el asiento, goteando sobre el suelo y ensuciando todo de granate. Afortunadamente, la tapicería era de skay.

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