EXTRARRADIO

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Francisco Ontañón

A veces, el amor camina por los suburbios. Tiene cierto aspecto  desolado a causa de sus descampados, por los que se procura avanzar entrelazados hacia una promesa de guarida en construcción.

Para cuando no quede ni rastro del primigenio camino de tierra, para cuando las fachadas se llenen de ojos de aluminio y cristal, el amor se moverá algo mustio entre visillos de poliéster y vahos de pucheros. Se sentará en un banco sombreado esperando a ver como marca goles el desengaño. Se agostará para deslizarse por las calles de la grisura. Buscará acomodo en el recodo de una maceta de geranios y allí pasará muchas noches, encogido por el temor de verse despedazado por la garra de un gato o ensordecido  por el llanto estridente de un niño.

Transmutará, una vez más, cuando se imponga una reforma a fondo para reparar las grietas; cambiar las cañerías para evitar fugas, cambiar las ventanas para que no se cuele el frío, repintar para cubrir las manchas de humedad y los desconchados, redecorar y tirar los muebles desgastados, tirar tabiques… O bien, si la reforma resultara demasiado onerosa, optará por una mudanza, lejos del extrarradio.

 

 

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