GOLONDRINA

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Bernard Plossu

Quería entrar. La golondrina batía sus alas, golpeando con su pechito el cristal, regresando una y otra vez con insistencia. Tozudamente, llenando de plumillas el alero de la ventana que, finalmente,  fue abierta. Sobrevoló el comedor, posándose en la cómoda. Luego planeó por encima de la mesa, posándose sobre una silla. Desde allí, desafió con sus ojillos de noche, como reclamando un acercamiento. Inclinó la cabeza y se dejó acariciar. A quien acaricia una golondrina se le quedan las yemas azules y se escapan trinos bajitos si se frotan los dedos. Se curvan las manos para un nido en el que incubar  acciones. Alzó el papo rojo y voló, sacudiendo el aire en el que flotan las partículas del pensamiento. Suspendidas, ingrávidas, visibles, al fin,  en su agitación, a la luz de un rayo distraído al que le dio por escaparse del sol que no pudo retenerlo, emboscado como estaba detrás de la misma nube donde llevaba atrincherado tantos años.

Una golondrina no hace verano, pero atempera el corazón, dejando una estela de plumas para que nos hagamos unas alas y nos elevemos. Sólo hay que abrir la ventana.

 

 

 

 

 

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