CAMINANTE

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Regina De Luise

Siempre caminaba inclinada hacia adelante. Aunque el viento más intenso soplase en contra, oponiendo gran resistencia a su avance, ella jamás perdía su ángulo de inclinación. Desafiando las más elementales leyes de la gravedad y de la comodidad, ella insistía en su avance inclinado. Y si el viento soplaba a su espalda resistía a su empuje con idéntico tesón. Si de costado, se balanceaba imperceptiblemente hacia el lado opuesto, pero sin abandonar jamás su inclinación natural.

Para ella era lo normal, así que nunca se quejó de tan trabajoso avance. Cuando llegaba a un punto fijo, adquiría una posición perfectamente vertical. Incluso lo habitual era que se sentara erguida, pero su cabeza siempre llegaba antes a todas partes. Nosotros también nos habituamos a su peculiar caminar. Cuando lo hacías a su lado, charlando, siempre volteaba la cabeza para mirarte desde algo más abajo, alzando sus bonitos ojos desde un poco más adelante. Corriendo, su inclinación era la misma. Gustaba, a veces, de caminar hacia atrás, con su cuerpo adelantado  en sentido contrario, para subrayar su anomalía y hacernos reír. Y de lejos se la veía venir, aunque una multitud estorbase su paso y a nosotros su visión.

Imperceptiblemente, comenzó a caminar cada vez más enhiesta. Nos fuimos dando cuenta poco a poco de que sus andares iban adquiriendo una común y anodina verticalidad. Nadie sabría precisar en qué momento exacto comenzó a ocurrir, pero resultaba cada vez más evidente.

Ella nos dijo que comenzó a sentir una fuerza que la tironeaba hacia atrás a la altura de sus hombros y bajo las axilas. El médico le recetaba calmantes para atenuar el dolor, pero éste era constante, se convirtió en algo crónico y cotidiano que le privaba del placer del paseo y a nosotros del insólito y habitual espectáculo de sus andares. Sus salidas se convirtieron en esporádicas y obligatorias, cada vez más raras. Comenzó a salir tan sólo por razones ineludibles. Se sacó el carnet de conducir y comenzó a desplazarse sólo en coche, incluso para cubrir las distancias más cortas; los escasos metros que separaban su casa de la panadería o de la farmacia de la esquina.

Se volvió sedentaria y ganó peso. Sus desplazamientos se volvieron no ya sólo dolorosos, sino cada vez más torpes. La adquisición de unos andares verticales fue un proceso largo que le dejó para siempre un dolor lacerante e intermitente que nunca llegó a desaparecer del todo. Los ocasionales tirones en los hombros le recordaban la prohibición de volver a adoptar una posición inclinada en la rutina de sus breves idas y venidas. Privadas de su singularidad, éstas se volvieron pragmáticas y finalistas, nada de deambular sin rumbo absorta en sus pensamientos. Y su aparición en nuestras calles, con el paso de los años, pasaba totalmente inadvertida.

Dicen los que  lo presenciaron aquel día que comenzó a elevarse lentamente; un pesado cuerpo ingrávido que comenzó a flotar por encima de todas las cabezas, de todos los árboles, de todos los tejados, hasta ocultarse tras las nubes. Lo hizo curvando su torso hacia atrás, hasta casi tocar los talones con su cabeza. Y su ausencia se dejó sentir en nuestras calles, por las que todos comenzamos a caminar inclinados hacia delante como un homenaje a la ausente o hacia atrás, alzando la cabeza hacia el cielo y esperando verla reaparecer entre un mar de nubes, como un milagro.

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