LA CARTA

 

 

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Christian  Coigny

Los desechos del amor se aglutinan sobre la mesa; los gurruños de papel y el retrato desgarrado del ídolo caído. Se recomponen los pedazos, como intentando reconstruir lo que está roto, como rehaciendo la imagen quebrada del destinatario del resentimiento para mejor inspirar los reproches. En formato papel se escribe mejor la rabia, aunque las palabras más a propósito no acudan al llamado, aunque las manos obedientes no las sepan recoger, aunque se despeñen por atajos imprevistos al abismo de las emociones ágrafas. ¿Y si no deseara realmente esa ruptura? ¿Y si la andanada de recriminaciones  no sale porque no se desea realmente ese desprendimiento de una parte de uno mismo? ¿Y si quisiera perdonar a pesar de todo? ¿Y si su amor propio habla cada vez más bajito y por ello no es capaz de transcribir sus apagados y desfallecientes susurros? ¿Por qué si no tantos intentos fallidos, si bastan apenas esas dos líneas o poco más para cumplir su cometido?

Muy a su pesar, debe detenerse, adoptar una pose elegante y reflexiva en consonancia con su aspecto y el estado de su espíritu. Definitivamente, se estaba dejando llevar por un impulso. Y ya se sabe; actuando de esa forma podemos acabar arrepintiéndonos de nuestros actos. Están los agravios y la traición, pero también el sentimiento con su obstinación inoportuna dando gritos para hacerse oír. El mismo que le hizo recomponer la foto fragmentada y que trae en los bolsillos un amasijo de dudas. En realidad, nunca llegó a irse, amenazado por una posible expulsión, clama por mantener su sitio.

Y ahí está. En esa encrucijada decisiva; entre seguir el dictado de su orgullo herido y afónico o  abandonar la redacción de  borradores de un impostado desamor. Pasar por alto las afrentas u obviar el pánico a la pérdida definitiva y seguir escribiendo.

Lo más probable es que aplace la decisión. Sí, el aplazamiento es la salida fácil ante cualquier dilema y encamina siempre a una cobarde inacción. Todo continuará ensombrecido por la desconfianza y la decepción, pero fortalecido por una vocación de continuidad a prueba de toda falla. O por qué no imaginar un solitario sobre cerrado depositado sobre la mesa, aguardando al destinatario de tanto despecho.

Silenciemos los clamores de su entraña, démosle un final justo al instante capturado, a la altura de nuestras expectativas, sean las que sean, y confiemos en que la protagonista no las desmienta.

 

 

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Acerca de cariacontecida

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