EL BOLSO

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Natalia Deprina

¿Qué guardaba en su bolso, que siempre lo protegía con sus bellas manos? Mis ojos de niño tenían siempre este horizonte, si había suerte, y la mujer encontraba libre su asiento preferido. Yo no tenía asiento favorito, pero desde que me di cuenta de que ella prefería sentarse ahí, yo procuraba ocupar el asiento de enfrente. Ella iba  en sentido contrario al de la marcha, junto a la ventana. Debía gustarle ver como se deslizaba el paisaje dejándolo atrás. Para mí, en cambio, siempre avanzaba. Si alzaba la vista, la veía absorta, mirando a través de la ventanilla, pero con el pensamiento en otra parte, probablemente muy lejos de allí y muy lejos de mí. Lo sé porque sus ojos claros miraban sin ver, como tampoco me veían — o eso creía–, aunque también me hubieran mirado alguna vez. Me parecía tan hermosa la pasajera, que no me atrevía a mirarla directamente, apenas a hurtadillas, disimuladamente, temeroso de que me descubriera observándola y rehuyera mis ojos impertinentes, tratando de evitar mi presencia la próxima vez. No me importaba nada lo que podía ver a través de la ventanilla o cualquier otra cosa que pudiera suceder en el interior del tranvía. Sólo me interesaba ella. El día que lo perdía suponía para mí una tragedia que me entristecía sin remedio hasta el día siguiente, en que procuraba por todos los medios llegar puntual a la parada, cruzando los dedos para que ella lo tomara también, ya que había días — pocos, realmente– en los que ella tampoco aparecía; sus obligaciones o su trabajo no le habrían permitido llegar a tiempo. Los fines de semana y los festivos no tenía clase y no cogía el tranvía — probablemente, ella tampoco– , pero eran para mí un paréntesis eterno hasta la llegada del lunes. Yo era de los pocos chiquillos que esperaban tan denostado día con impaciencia, por el único motivo de que la volvería a ver. Primero me recreaba en sus manos, siempre cruzadas protegiendo el bolso, porque era lo que tenía a la altura de mis ojos. Luego la recorría hacia arriba, buscándole la mirada, siempre perdida, pero dirigida hacia la ventanilla. Por aquel entonces, yo debía tener unos diez años y era, para mi edad,  pequeño de estatura. Casi todos los niños de mi clase me llevaban al menos una cabeza de ventaja, así que tenía que levantar un poco la mía para verla completa y procuraba hacerlo cuando ella giraba la cabeza hacia el cristal. Me pilló más de una vez observándola, pero entonces yo bajaba rápidamente los ojos. Lleno de vergüenza, sentía el calor del enrojecimiento en mi cara y a veces creía adivinar su sonrisa.

Un día, para mi sorpresa, sucedió algo inesperado. Siempre descendía antes que yo, cuatro paradas antes. Ese día, cuando se levantó de su asiento, le dejamos paso, levantándonos y desplazando las rodillas. El tranvía dio un frenazo brusco que la hizo bascular ligeramente. Se sujetó al respaldo de mi asiento para no caer sobre mí. Olía bien y podía sentir el calor de su aliento en mi cara. El gesto se le contrajo un poco, pero enseguida se le recompuso la sonrisa que me dedicó. Se incorporó, me acarició el pelo suavemente y descendió. Me levanté para ver cómo se alejaba con su caminar acompasado en dirección contraria al tranvía. Dejé de verla a la altura del edificio de correos, pero el tacto de sus bonitas manos sobre mi cabeza perduró durante todo ese fin de semana.

Desde entonces, nos saludábamos cada día y nos dirigíamos una sonrisa. Tenía una voz bonita o eso me parecía a mí. Todo me parecía hermoso en aquella mujer, y lo mejor es que ya no tenía que bajar la cabeza para mirarla. Nunca llegamos a mantener una conversación, pero a mí no me importaba; me bastaba con que estuviera allí.

Esa tarde era como todas las demás. Nos saludamos, nos sonreímos, ella se perdió en sus divagaciones a través de la ventanilla y yo en las mías, observándola. Se levantó algo antes de lo que solía para decender en su parada habitual. Se colocó a mi lado, sujetándose a la barra del asiento. Manteniendo el equilibrio, la vi hurgando en el interior de su bolso. En el momento en que el tranvía se detenía, sentí cómo se depositaban sobre mi regazo varios objetos; unas alas pequeñitas de algodón, una dirección desconocida para mí, sin ningún nombre,  escrita con pulcra caligrafía sobre un pequeño papel, y un corazón tallado en cristal. Un joven la esperaba en la parada, junto al edificio de correos. La besó y se pusieron a caminar tomados del brazo.

Las alas todavía las conservo, me han sido de gran utilidad, no había más que batirlas. Me compré un abrecartas, por si me respondía. Quería hacerlo sin rasgarlas. Yacía inútil en un cajón –¿quién es el afortunado que todavía recibe cartas manuscritas?–  hasta hoy, en que he ido a recoger un paquete certificado a correos. Una caja llena con las cartas que le envié durante bastantes años. Hasta que me hice adulto, de hecho. La última tenía matasellos de la primera ciudad a la que me mudé cuando dejé la casa de mis padres. Aunque viví en otras y viajé mucho –me ayudaron unas alas, recuerden–, es a esa dirección a la que he retornado y en la que vivo. Atadas con una cinta negra de raso vienen las suyas. Ésas que nunca me envió. Una nota de la que dice ser su hija me cuenta que hace un mes que mi primer amor ha muerto. Ordenando y recogiendo sus cosas, dio con ellas en el fondo de una gaveta, ocultas por juegos de cama y manteles. Me hace llegar también su viejo bolso, ése que sujetaba en el tranvía. Me cuenta que todas las cartas estaban dentro y que decidió enviármelo también, ya que si su madre lo había guardado durante tantos años y había guardado en él nuestra correspondencia sería por algo. Acaricio el bolso, lo huelo. Huele a humedad. De hecho, el forro ya está roto y tiene manchas de todo tipo. Pero en mi recuerdo es lo que está más asociado a ella y a sus manos. La piel está muy desgastada. Lo abrazo y me lo llevo a los labios. Tendré que agradecerle su discreción y la impagable atención del envío. Rescatando el abrecartas, las voy abriendo y se me va desvelando este inesperado tesoro epistolar llegado tan a destiempo. Me dispongo a leerlas correlativamente con las mías. Vienen ordenadas cronológicamente. El contenido, si me lo permiten, me lo reservo. Queda entre tú y yo, mi adorada Marina. El nombre te cuadra.

¡Ah! y el corazón… bueno, el corazón se me rompió hace tiempo.

 

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Acerca de cariacontecida

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2 respuestas a EL BOLSO

  1. Excelente relato! Conmovedor. Un beso.

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