FRAGMENTOS

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Chris Steele Perkins

 

 

Cada día se sentaba detrás del muro de la planta baja del edificio en construcción que estaba a un par de manzanas de su casa. Le gustaba la visión fragmentada que le ofrecía el cierre provisional que se suele hacer en todas las obras; esos rectángulos que enmarcan pedacitos de la realidad que discurre al otro lado. A la hora de la merienda, tomaba el bocadillo y se apostaba allí. Le gustaba ver el mundo así porque cada cuadradito de visión encerraba una historia diferente para cada uno de los personajes que se divisaban. No sólo era un puzzle, era también una adivinanza. Estáticos o en movimiento, cada pedazo de vida, cada fragmento, era merecedor de una historia inventada; las piernas desnudas y caminantes, el abrazo de dos cuerpos semidesnudos, el cuerpo que yace en el suelo…Él imaginaba brevemente una historia para cada persona entrevista; su origen, su ocupación, su destino inmediato, la causa de que estuvieran allí, los vínculos que los relacionaban…

Esa tarde era distinto, las figuras entrevistas permanecieron estáticas por un momento, incluso los perros y las palomas.  Fueron apenas unos minutos eternos. Le dio por pensar que debía dejar de imaginar una vida para ellas, que era una forma de rebelión, que se mantendrían detenidas hasta que recuperaran su libre albedrío. Tenía que pensar en otras cosas; eso era lo que debía hacer. Pero teniéndolas como las tenía ante sí, era incapaz de abstraerse de su presencia. Cerró los ojos, volvió a abrirlos, se giró y salió. Todo el mundo se movía; se desplazaban en bicicleta, caminaban, se saludaban, hablaban, reían… Era él el que permanecía inmóvil, sin poder mover un solo músculo,  un solo miembro, sin poder articular un sonido.

Allí, bajo el sol de la tarde, se dio cuenta de que un chaval había reparado en él y lo miraba fijamente, escrutadoramente. Era incómodo, pero no podía eludir su mirada inquisitiva. Su cuerpo no obedecía a ninguna de sus órdenes de movimiento. Se había convertido en una estatua de carne y hueso.

Era un niño menudo, algo enclenque, con las rodillas huesudas y llenas de raspones. Podría decirse que era guapo, si no fuera por ese gesto algo airado y esa mirada impertinente. Lo empujaba y no se desplazaba ni un milímetro. Se puso a darle patadas en la espinilla de la pierna derecha y él, impasible, comenzó a sangrar. Le dolía mucho, pero no le salía el grito y las piernas rígidas ni siquiera oscilaron. Un grupo de curiosos comenzó a rodearlos.

El niño agresor se abrió paso entre ellos, entró en el edificio en obras y se puso a contemplar la pequeña muchedumbre a través de uno de los huecos de la pared. Queriendo tener otra perspectiva del muchacho, deseó con todas sus fuerzas que la gente que lo rodeaba se dispersara. Y comenzaron poco a poco a hacerlo, cada uno se dispuso a seguir su camino. La gente pasaba indiferente ante el chiquillo, dejándole libre y despejada la visión de su objetivo,  para el que venía imaginando una historia, una biografía; unos padres, un domicilio, unos hermanos, unos juegos, una escuela…  Bajó los párpados durante un par de segundos, el tiempo justo para que el  inmóvil recobrara su movilidad y desapareciera. Cuando salió de la obra, lo vio alejarse corriendo al fondo de la calle. De vez en cuando, se detenía a frotarse la dolorida y sangrante pierna. Pudo haber corrido tras  él, pero no lo hizo.

Ese día ambos entendieron que cada vez que imaginamos,  la vida se detiene, que nos detenemos allí donde nos imaginan, que la realidad es un muro en construcción con pequeños orificios que enmarcan el mundo para que lo interpretemos, y que basta un parpadeo para que el tiempo que se ha pausado siga su curso. Aprendieron que se paraba sólo si les daba por  ponerse a imaginar a la luz  que se filtra por los agujeros de la realidad.

La obra finalizó, el muro se cerró, pero al niño inmóvil ya nunca más lo divisó. Desapareció para siempre aquel día, cuando se alejó corriendo al fondo de la realidad con la firme determinación de no volver a acercarse al edificio en construcción y de no ponerse a su alcance. La fuga fue definitiva porque sólo podía recordarlo en aquel momento de inmovilidad, poniéndolo a salvo de su imaginación de usurpador que ya nunca más podría encontrarlo en otras circunstancias. Es así que también supo que hay personas  que tapian los recuerdos para que la oscuridad no permita imaginar.

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Acerca de cariacontecida

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