GLOBOS

mlas43

Mario Lasalandra

Sólo un globo volaba y nadie lo sabía. Sólo un globo podía hacer que el que lo portaba se despegara del suelo. Aquí la vemos, justo antes de elevarse, a la izquierda de la imagen, curvando las piernas ya, comenzando a ser ingrávida, ayudando al perrito en su empuje ascensional.

No lloré cuando la vi irse, sobrevolando los tejados de la ciudad. Todos nos quedamos paralizados ante lo insólito. Mi madre, horrorizada, se llevó la mano a la boca, ahogando un grito. Me sujetó fuerte contra sí. Me obligó a soltar el globo, en apariencia, idéntico al de mi hermana, ya que todo debía ser idéntico para nosotras, tan aparentemente iguales. Pero mi globo no voló; se quedó suspendido en el aire, detenido, inclinado contra un techo invisible. Volví a agarrarlo por el cordón y volví a soltarlo, con idéntico resultado. Ahí lo dejé, suspendido, mientras mi madre, desconsolada, me arrastraba consigo al puesto de la policía. La gente se arremolinaba a nuestro alrededor; todos ponían la mano en forma de visera, todos procuraban consuelo, ninguno salía de su asombro. Mi hermana se convirtió en un punto y coma sobrevolando la ciudad, hasta que desapareció.

Sólo éramos iguales en apariencia; ella era valiente, yo cobarde, ella era alegre, yo melancólica, ella rebelde, yo obediente, ella cantarina, yo silenciosa, ella desaplicada, yo estudiosa, ella despreocupada, yo reflexiva… Cuando días después apareció un globo desinflado a las afueras de la ciudad, todos nos inquietamos, debatiéndonos entre la esperanza y la desolación.

El globo que dejé suspendido en el parque explotó.  Vi como el chiquillo le lanzaba un dardo, usándolo como diana. Durante días, había acudido allí a tirar del cordón del perrito; lo hacía descender, luego lo volvía soltar,  hasta que se pegaba a su techo invisible, con la esperanza vana de que se elevara más allá y me llevara con ella.

Decepcionada, cuando me disponía a irme y ya enfilaba la puerta del parque, la descubrí sentada en un banco, con aire de desamparo; tenía el vestido roto, estaba sucia, despeinada, llena de raspones, sangre y magulladuras. Se llevaba la mano a una herida de la que manaba sangre en abundancia en un muslo. Alguien llamó a una ambulancia. Alguien llamó a nuestros padres. Nos abrazamos. No recordaba nada, sólo que acababa de caer al suelo, herida por un dardo.

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