SOBRE SAPOS Y PRÍNCIPES

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Marianne Breslauer

 

Era besar un príncipe y que éste se convirtiera en sapo. Todos llegaban a ella con la misma determinación; la de desafiarla con la esperanza ciega de ser ellos la excepción a la consecuencia inexorable de sus besos. Y no, no era el deseo que desde la pubertad despertaba en ellos (pues siempre se supo más bien feíta);  era la competitiva vanidad masculina la que los fue condenando uno a uno al mismo charco. Allí llegaron a cohabitar muchos a la vez, en un constante croar en el que compartían su frustración. Mas todos se fueron adaptando a su nuevo estado. De vez en cuando, se complacía en traer  alguno a su casa. Lo colocaba sobre un almohadón y extendía ante el sapo de turno la palma de su mano para que le sirviera de espejo. El  pobre sapo se reconocía en esa palma como el hombre que una vez fue, ello le causaba tal sufrimiento que  le aceleraba la muerte.

Tan desdichado magnetismo ejercía nuestra joven que las casas reales del mundo entero comenzaron a pensar en la necesidad de adoptar medidas, si no querían quedarse sin herederos. Se orquestó un complot monárquico para hacer desaparecer la  amenaza que ella representaba. Le fue enviado un asesino con apariencia de príncipe que, en vez de aguardar su beso, tomó la iniciativa y la besó a ella. No se produjo ninguna muerte súbita. El asesino, pese a no ser un príncipe, no se sustrajo a los consabidos efectos de la saliva de la muchacha, sólo que ésta, a su vez,  se halló a sí misma convertida en adorable sapo hembra. En verdad, se sentía fascinada por el único pretendiente que tomaba en sus manos su destino, sin esperar pasivamente a que ella se lo proporcionara. Semejante excepcionalidad prometía, y la metamorfosis favoreció su romance haciéndose recíproca y simultánea.

Se fueron a vivir a una charca aislada, lejos de croares principescos y miradas indiscretas. Con cada puesta, la fueron poblando de sapitos plebeyos que han acabado por invadir la charca de los sapos-príncipes, al borde ya de la extinción por falta de hembras. Los zoólogos hablan  ahora de una nueva especie  bastarda que tiende a propagarse e imponerse numéricamente  porque son más adaptables.

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