RAYUELA

simon-prades7

Escribir una leyenda

Fue progresivo. Me desperté con un intenso dolor en la palma izquierda. Quien haya sentido deslizarse de forma punzante un cuchillo por la palma de su mano sabe bien de lo que hablo. De niño lo hice una vez, para unir mi sangre a la suya. Mi primer amor, el más sincero, se fue meses después con su familia  a Cádiz, allí habían destinado a su padre. Encendí la luz. Observé detenidamente mi mano, pero no hallé anomalía alguna, ningún vestigio de sangre tampoco. Permanecí así un rato hasta que el dolor fue cesando poco a poco. Apagué la luz y seguí durmiendo.

Algunas noches después, volvió a suceder lo mismo. Comencé a preocuparme ya de veras.  Una de esas noches,  me levanté para aplacar el dolor bajo el chorro de agua tibia del lavabo. Sentí como se iba calmando, como se amortiguaba el pálpito de la herida sin sangre. Pero hete aquí que al secarme la mano y observar con detenimiento la palma, me percaté de un cambio sustancial en la disposición habitual de sus líneas; se habían perfilado de tal manera que habían conformado una suerte de rayuela pequeñita, con sus números enmarcados por cuadraditos irregulares.

Y fue así como la recuperé. Con su melena al viento y su vestido blanco, tal y como la recordaba de aquella última vez que la vi. Ahora sólo tengo que acuencar la mano izquierda para que me la acaricie con sus saltos diminutos. La protejo con mis dedos para que no se precipite al abismo y se estrelle a mis pies. A veces, le coloco una arenita para que le sirva de tejo. Muevo la palma para que toque las rayitas y vuelva a empezar. Si se cae, dejo que se siente sobre la almohadilla del pulgar y le acaricio el pelo con la yema de los dedos de la mano derecha. Cada vez que quiero estar con ella, sólo tengo que buscarla en la palma de mi mano. La cierro, y desaparece. La ahueco, y se conforma con su cuerpecillo leve y su juego intermitente.  Desde que habita en mi mano, se desliza, a veces, a uno de mis bolsillos y me hace cosquillas; colocándome en  situación embarazosa.

Les digo que soy un hombre dichoso, así que observen bien sus manos, no sea que los recuerdos felices estén reescribiendo sus líneas.

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Acerca de cariacontecida

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