HORIZONTAL

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Robert Doisneau

 

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Antanas Sutkus

Comprendió que sólo estaba bien en posición horizontal. Intentó ser como los demás; caminar erguido sobre los dos pies con la columna recta, pero le fatigaba enormemente, y la perspectiva no le gustaba nada. Le venía desde pequeño; lo restregaban bien con jabón, lo enjuagaban, retorcían y ponían a escurrir en el tendedero de la casa. Allí, al sol, en suspensión, desafiando la gravedad, sintiéndose escurrir desde las pinzas, pugnando por no estrellarse contra el suelo, aprendió a mantenerse húmedo para que no lo recogieran. Pero el sol hacía su trabajo y siempre acababa secándose, con lo que lo devolvían a su estado vertical, que dicen es el que corresponde a todo humano desde que aprendimos a caminar erectos.

De ese incordio se libró al cumplir la mayoría de edad, consiguió trabajo como probador de colchones y aprendió a desplazarse reptando sobre el costado izquierdo. Esto le ocasionó algunos problemas en los lugares públicos; en los supermercados sólo alcanzaba  los estantes inferiores y se perdía las ofertas de los intermedios, en las colas ocupaba demasiado espacio y demoraba su avance, en las escaleras debía deslizarse por los pasamanos, y resultaba muy desagradable cuando llovía y las calles se mojaban, así que aprendió a enfundarse en un traje de plástico que lo volvía impermeable y a esconderse bajo los asientos de metros y autobuses para no llamar demasiado la atención, no pagar asiento y poder contemplar las piernas de las mujeres.

Tenía un hermoso apartamento abuhardillado. Lo consiguió muy barato y lo escogió porque el bajo techo nunca iba a estorbar sus movimientos. Lo llenó con los mejores muebles y electrodomésticos dispuestos a ras del suelo. No fue fácil encontrarlos adaptados a sus necesidades. Todos debían ser más bajos y más profundos de lo normal, ya que debían dar cabida a las mismas cosas contando con menor espacio en altura. Daba un poco de trabajo sacarlo todo para llegar a lo que estaba más al fondo de los armarios, cajones y frigorífico para volverlo a introducir todo después. Pero él lo encontraba un nido confortable, al que llegaba ovillado en el suelo del ascensor y al que accedía abriendo la puerta de cerradura esquinada y baja. Los vecinos ya se habían habituado a su excentricidad y lo pisoteaban lo justo; sólo de vez en cuando, para recordarle su condición reptiliana.

Pero se sentía solo nuestro hombre, hasta que la descubrió en aquella web de contactos. Era una bella muchacha caucásica a la que dejaron crecer a lo largo de las barras metálicas de una estación de metro de Moscú. Hablaba perfectamente su idioma y habitaba un altillo en la calle Arbat. Trabajaba para el ministerio de Fomento de su país, detectando goteras y grietas en los techos de los edificios oficiales; un trabajo bien remunerado. Sus miradas se encontraron una tarde por Skype y sus cuerpos entre los abedules del parque Sokolniki. Cada mes viajaba en la bodega de algún avión para visitar a su amada, pero acabó por hacerle hueco en su buhardilla. Dado que la posición natural de esta pareja frente al mundo favorece la procreación, ya han colocado en éste dos pequeñas promesas horizontales que sacan a pasear tendidas sobre sendos monopatines.

 

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Acerca de cariacontecida

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