PÓLVORA

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Ramón Masats.

 

Se había levantado con los nervios destrozados. Arregló los asuntos pendientes con el notario. No le llevó mucho. Desde hacía tiempo, sabía ya lo que dejaba a cada quien. Sólo alguna corrección de última hora, motivada por los últimos acontecimientos y el comportamiento de sus más próximos ante ellos.

Comió lentamente, saboreando bien cada bocado, procurando apaciguarse. Tomó la lata donde guardaba la pólvora su difunto esposo, quien durante algún tiempo había sido dinamitero. Le costó abrir el precinto, pero pudo comprobar que se hallaba seca y en perfecto estado, pese al mucho tiempo trascurrido. Demoró un poco más. Intentó una cabezada; un amago de siesta. El tiempo suficiente para impacientar al resentimiento.

La casa de Inmaculada resplandecía en medio de la hora de la siesta; blanca y mucho más inmaculada que su propietaria. La calle estaba desierta a esas horas. Abrió la lata y comenzó a trazar una  línea que vino a definir con claridad la base de las paredes, haciéndolas resplandecer -por contraste- aún más. Se concentró en la tarea, pero no podía evitar que le temblara el pulso. La línea seguía la trayectoria de sus pensamientos torcidos. Le empezaron a doler los riñones, pero no se detuvo hasta que hubo terminado de dibujar el perímetro de la casa. Cuando acabó, tuvo un momento de duda, si no seguía no pasaría nada. Al fin, después de tanto tiempo, qué más daba. Pero no, no daba igual. No lo iba a dejar así, claro que no. Ahora tenía que acabar lo comenzado.

Sacó una vieja enagua con puntillas y una braga amarillenta del bolsillo del delantal. Las anudó. Las había encontrado casualmente, dentro de la caja donde su marido había guardado la pólvora junto con otros recuerdos sentimentales. Los obreros habían venido a hacer unos arreglos que necesitaba la cocina. Comenzaron a picar los azulejos y encontraron unos cuantos que se movían a ras del suelo. Los soltaron y en el hueco de la pared estaba la caja con los recuerdos de su marido; la pólvora, hatillos de cartas que le enviaba cuando él estaba en Cartagena haciendo la mili, fotos con los hijos, con los padres, de los hermanos, de ellos a distintas edades… En el fondo de la caja, ropa interior de mujer que no era suya. En la enagua unas iniciales; I.G.L.

De pronto, infinidad de detalles insignificantes que en su momento le habían chocado y otros que, aparentemente, pasaron desapercibidos. Todos se perfilaron con nitidez, rápida y lúcidamente, desordenados, pero precisos y claros. Eran dolorosamente claros y deslumbrantes, como la casa encalada de Inmaculada. Tras el dolor que produce todo deslumbramiento, su alma comenzó a ver, protegida tras unos lentes de rencor para obscurecer la luz de la amante y vecina.

Las sonrisas. Recordó sus sonrisas cuando se cruzaban. Era todo en lo que podía y quería pensar. Era lo que necesitaba. Prendió fuego a un cabo de la enagua  enrollada. Utilizándola como mecha, la aproximó a la línea de pólvora. Esa noche acudirían las dos a la cita galante.

 

 

 

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