VARADA

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Stanko Abadzic

Una barca  apareció un buen día en medio del parque, inexplicablemente varada en esta ciudad que carece de río, lago o mar. Es una barca con quilla, armazón de madera y remos, que alguien se llevó una de las primeras noches, a saber para qué. Pero los vándalos la han respetado. Las estaciones han trascurrido y, pese al frío intenso del pasado invierno, nadie ha hecho leña de ella. Las autoridades incluso le dan cierto mantenimiento; la limpian y reparan. Han instalado unos palés bajo la embarcación, para que la humedad del suelo no dañe la madera. Los pájaros se posan en ella, e incluso hubo intentos de anidación, pero los nidos los deshacen los críos que bajan a jugar. La barca se ha convertido en una prolongación de la zona de juegos a la salida del parque; una atracción más de la que disfrutar antes de poner fin a sus horas de juegos y despedirse del día.

Nadie se plantea su retirada. Algo tan anómalo e inexplicable justifica por su propia naturaleza la necesidad de preservarlo, le aporta a la ciudad un toque insólito. Un hito a ser visitado, una “cita inevitable” para los turistas, como deben indicar las guías. La municipalidad comenzó ya a imprimir mapas que señalan la barca como punto de interés. Lo mismo ha hecho Google Maps, la misteriosa embarcación es un reclamo que traspasa fronteras.

Las especulaciones intentando explicar esta extrañeza no se hicieron esperar, a cada cual más increíble. Se dijo que unos hombres marinos -seres mitológicos similares a los hombres, con manos y pies algo torcidos a causa de la natación, y finas y negras espinas en la espalda- la habrían traído hasta allí. Porque los hombres marinos prefieren el mar, que es su hábitat natural, pero también se confunden, en ocasiones, con los “terrícolas”. Son seres juguetones a los que los  marineros arrojan pan y cuya aparición es presagio de buena pesca. Cuando los marineros se ven en dificultades para alcanzar la orilla, los hombres marinos empujan los barcos hasta la costa y ponen a salvo a la tripulación. Los hombres marinos arrastrarían la barca tierra adentro en un alarde de su fortaleza benigna, para dejar constancia en esta ciudad de secano de su incontrovertida existencia, ya que hay pruebas documentales de ella que se remontan al siglo XVI; escritos que se han hecho eco de sus reiteradas apariciones, que casi todo marinero ha dicho presenciar, al menos en una ocasión de su vida.

Claro que están también las explicaciones que abogan por una intervención de seres extraterrestres o por una circunstancia paranormal que hizo aflorar en ese enclave una barca de la noche a la mañana. Cualquier explicación racional queda fuera de lugar, aunque también se han intentado, pero resultan todavía más absurdas; ¿qué vecino o forastero iba a dejar ahí una barca todavía útil? ¿para qué? No existen ya casi carpinteros en la ciudad, pero es que además ninguno sabría fabricarla, y nunca nadie ha solicitado la construcción de una embarcación.

Los geólogos ya especulaban con la existencia de un mar subterráneo, pero, desde hace unas pocas semanas, los vecinos tienen ya la certeza de que viven sobre un océano invisible que hace brotar embarcaciones en los lugares más insospechados. No les falta razón para abrazar este nuevo credo submarino;  han comenzado a asomar quillas, proas y popas en jardines particulares, en el interior de algunas casas – con muchas molestias para sus habitantes porque se levanta el suelo- , en medio de las grandes avenidas de circulación y también en las aceras, a las que comienzan a salirles algas y sobre las que se han encontrado peces que boquean.

Las autoridades están pensando en instalar una facultad de Náutica en el campus universitario y se han disparado las ventas de cartas de navegación. Comienzan a abrirse negocios de efectos navales y los aparejos náuticos se agotan nada más llegar a las superficies comerciales. Hasta el aire huele a marea baja. Es ya una efervescencia este anhelo de mar sobre el que flota la ciudad; la ciudad-barco.

 

 

 

 

 

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